
Tratado didáctico de Economía Política
Mariano Carreras y González
Esta obra es un Tratado de Economía pura: no hay, por consiguiente, que buscar en ella las cuestiones relativas a la propiedad, a la esclavitud, a la libertad del interés y del cambio, que con alguna otra, suelen estudiarse en los libros didácticos de Economía política y en las cátedras de esta ciencia. Aparte de que semejantes cuestiones no son del dominio de la Economía pura, sino de la Economía aplicada al Derecho, el autor se propone dilucidarlas ampliamente, con todas las demás de la misma índole, de que hoy no tratan, o tratan someramente, los escritos destinados a la enseñanza, en una obra especial que llevará aquel título y comprenderá, hasta donde sea posible, todo cuanto se refiera a tan importante materia, todos los principios de Derecho público y privado, todas las doctrinas políticas y administrativas, todos los sistemas sociales y de gobierno, examinados con el criterio económico.
En cambio, el presente Tratado contiene nociones que apenas se encontrarán en otros de su clase, y que, sin embargo, pertenecen evidentemente a la Economía, como puede verse recorriendo los diversos capítulos de que consta, y especialmente los que versan sobre las Instituciones del cambio y las Instituciones que favorecen el ahorro.
Y al, como puede muy bien suceder, porque no presumimos de perfectos, faltase en estas páginas algo que se considero como esencial en la enseñanza, nuestros respetables colegas de magisterio sabrán fácilmente suplirlo con sus lecciones, perdonándonos de todos, modos una omisión que quizá sea hija únicamente de nuestro método.
No concluiremos estas breves líneas sin rendir en ellas un tributo de agradecimiento, en primer lugar, al sabio economista Don Santiago Diego Madrazo, a cuya amabilidad debemos el bello Prólogo que va al frente de nuestro libro; en segundo, a nuestro muy querido amigo el Sr. D. Eduardo Pérez Pujol, brillante catedrático de Derecho civil en la Universidad de Valencia, que tanto nos ha ilustrado con sus consejos, especialmente en la difícil cuestión de fijar las relaciones de la ciencia económica con la Moral y con el Derecho; y por último, al Sr. D. Joaquín María Sauromá catedrático de la Escuela de Comercio, que después de haberse prestado a insertar en la Gaceta economista, cuya dirección le estaba encomendada, nuestra Introducción al estudio de la Economía política, juntamente con un profundo y luminoso artículo del Sr. Figuerola, tuvo la bondad de dedicar a estos dos escritos las siguientes lisonjeras frases:
«Si hasta estos últimos tiempos era útil y conveniente que las personas dedicadas a distribuir el pan de la ciencia desde lo alto de las cátedras consagraran sus ocios a escribir tratados de Economía política para vulgarizar sus principios en el seno de nuestra patria, ahora, cuando la atmósfera económica está formada, es ya necesario y urgentísimo hacerlo, para dar buena dirección a los espíritus y poner coto a las ridiculeces que algunos hombres oscuros y adocenados se han impuesto la triste misión de difundir.
»Tal ha sido el objeto que indudablemente se propusieron los Sres. Figuerola y Carreras y González en los dos recomendabilísimos trabajos que encabezan el presente número. Ambos nos ofrecen en ellos una excelente muestra de lo que serán los nuevos tratados de Economía política que respectivamente se disponen a dar a la estampa. Nosotros no podemos menos de agradecer sinceramente que para ilustrar al público con tan doctas y escogidas producciones, hayan dado sus autores preferencia a la Gaceta economista. Permítasenos encontrar en esta atención una prueba más de que nuestra revista es considerada, por nacionales y extranjeros, como órgano fiel de la ortodoxia económica.
»El Sr. Figuerola, que tanta novedad y elevación sabe dar las cuestiones que maneja, como abogado en el foro, como especialidad financiera y estadista en el Parlamento, y como profundo y discreto razonador en la cátedra y en las sociedades económicas, parece decidido a señalar su curso de Economía política, con el oportuno y perfectamente escogido título de Filosofía del trabajo. Como definición de la ciencia, la frase no es nueva, después de haberla apuntado Dunoyer y Coquelin, y menos aún después de haberse dado en Alemania a los estudios sobre la riqueza el significativo nombre de Metafísica de la actividad; pero es nuevo y novísimo trocar en bautismo la definición, y arriesgarse a escribir un libro de Economía política, sin poner a su cabeza ese nombre tan vago, tan complejo y ocasionado a graves y profundos extravíos. Cuando vemos torpemente profanada la dignidad de la ciencia, haciendo servir el adjetivo económico para designar inicuos sistemas de violencia y despojo, cordura es en nosotros buscar una contraseña que nos permita ser con facilidad reconocidos. Si necesario fuere, no tendríamos a mengua encerrar bajo el nombre más humilde la grande alteza de la doctrina a la cual tributamos rendido culto bien así como, en la cuchara de palo y en el dictado de pordioseros, hallaron los esforzados Flamencos el mejor timbre de gloria contra la tiranía del adusto Felipe.
»Mas por fortuna no hemos de imponernos el sacrificio de una excesiva modestia cuando, tras tantos y tan concienzudos análisis, ha llegado nuestra época a descubrir la perfecta filiación que existe entre la ciencia de las leyes generales del mundo y de la humanidad, y la que particularmente examina otras leyes más concretas que afectan al trabajo humano y su retribución, ni cuando se ha demostrado que no es la noción abstracta de la riqueza lo que debe preocupar el ánimo del economista, sino el medio racional de realizarla, la actividad libre y reflexiva de que nos dotó la Providencia para disponer nuestra conservación y estimularnos hacia el progreso. Conociólo el Sr. Figuerola, y parecióle prudente consejo mostrar sus credenciales a la entrada. Filósofo del trabajo dice ser, y rompiendo así toda mancomunidad con el empirismo, toma desde luego por una llana y expedita senda que, desde la categoría fundamental de la ciencia, o sea el trabajo, le conduce a una bellísima y en algunos puntos nueva definición de la Economía política.
»Brilla; el talento del Sr. Figuerola en las pocas líneas que consagra a buscar las relaciones existentes entre el fin de la actividad y el religioso, el del Estado y el tecnológico. Léanlas con atención los que acusan a la Economía política de absorbente. Conociendo sus principios, ¿no habría más razón en asegurar que la Religión y el Estado la han absorbido a ella, o quieren absorberla todavía? Ciencia recién venida, pero a todos necesaria, la Filosofía del trabajo tiene derecho a ocupar un puesto tantos siglos usurpado por el espíritu de clase y los celos del dogmatismo. Al oír a esos representantes de la idea política o religiosa que, en nombre de un solo principio, quieren ordenarlo todo a su capricho, justo es que el economista los obligue a poner mojones en sus campos y llevar cuenta exacta de las piezas que son del resorte de cada una; justo es que les diga lo que un joven soldado francés a otro anciano militar, que quería ser su compañero de empresas: «Numérotez vos membres».
«No toca el Sr. Figuerola, dejándolo probablemente para la continuación de su trabajo, la cuestión de límites entre la ciencia económica, la Moral y el Derecho. En cambio, y holgámonos mucho de ello, este es uno de los puntos que con más extensión y fino tacto examina el Sr. Carreras y González en su notabilísima Introducción al estudio de la Economía política. Distinguido profesor de esta ciencia, brillante campeón en varios concursos públicos relativos a su enseñanza, popular y reputado publicista, el señor Carreras y González, ya ventajosamente conocido por sus Elementos de Derecho mercantil, que han alcanzado gran crédito en las escuelas, acaba de demostrarnos una vez más cuán alto rayan sus especiales disposiciones como escritor didáctico. Filósofo también y práctico en las alturas de donde toma la ciencia económica su exquisita sustancia y su fuerza maravillosa, desenvuelve la idea del trabajo, derivándola de la naturaleza y destinos del ser humano, cuyo carácter y tendencias analiza con sendos toques de mano maestra. Tampoco se dirá, leyendo al Sr. Carreras y González, que los economistas renieguen de toda idea moral y sacrifiquen a la utilidad las sagradas exigencias de la justicia. El joven y elegante profesor demuestra con sobra de elocuencia que la Moral, el Derecho y la Filosofía del trabajo son aspectos de un mismo principio, que recíprocamente se apoyan y confirman, o como dice Modeste, son contrapruebas de una noción idéntica que, para ser poseída, exige una ciencia de lo que es justo, otra de lo que es bueno, y otra de lo que vale.
»El Sr. Carreras y González piensa acomodarse al método, de Rau, dividiendo la Economía política en pura y aplicada. Basta conocer las tendencias del nuevo tratadista, para comprender cuán distante estará de presentarnos una cosa parecida al sistema nacional del doctor Listz1.»
Madrid, 1865
La acogida que ha tenido esta obra desde que vio la luz pública, ha excedido a todas nuestras esperanzas. Aplaudida por la Crítica, tanto en España como en el extranjero; adoptada por el Consejo de Instrucción pública para servir de texto en nuestras, escuelas; recomendada por los maestros; leída y aceptada por la juventud estudiosa, sólo le faltaba la sanción de una de esas corporaciones que tienen el privilegio de reunir en su seno a los sabios en todas las materias, y aún ésta la ha recibido indirectamente en la Memoria sobre el derecho de propiedad, de D. Vicente Santa María y Paredes, premiada hace dos años por la Academia de Ciencias morales y políticas, y cuyas doctrinas económicas en gran parte nos pertenecen, si bien el autor, discípulo nuestro muy querido, se ha olvidado de decirlo por una omisión sin duda involuntaria.
Así es que en pocos anos se ha agotado la primera edición, con ser tan numerosa, y se ha hecho preciso proceder a esta segunda. Con ella se nos ha deparado la ocasión de corresponder al favor del público, y la hemos aprovechado con gusto, introduciendo en la obra modificaciones que, en nuestro concepto, la mejoran notablemente.
En primer lugar, hemos hecho una alteración en el método de exposición, pequeña al parecer, pero en realidad importante, anteponiendo la teoría de la circulación a la de la distribución de la riqueza, y trasladando a esta última las doctrinas relativas a la población y a la renta de la tierra, que antes se trataban en la primera.
En segundo lugar, hemos refundido y completado varios capítulos, tales como los que llevan por título Caracteres de la Economía política, Reseña histórica de la ciencia económica, Del capital, De la producción, Del producto, Del precio, De la moneda, De las instituciones de crédito, Del salario y Del alquiler.
Hemos añadido ademas los párrafos o capítulos que se refieren a la asociación, la extensión de las operaciones productivas, el seguro, los instrumentos directos del cambio, el crédito personal y el provecho o retribución especial del empresario.
Por último, queriendo que en nuestro libro no se echen de menos ni aún las últimas doctrinas que han aparecido en el mundo científico, siquiera no tengan todavía el asentimiento de todos o la mayor parte de los maestros, hemos rogado a nuestro muy amado discípulo, el Sr. D. José Manuel Piernas y Hurtado, hoy distinguido catedrático de Economía política en la Universidad de Oviedo, que trazara un resumen de las lecciones dadas en la Universidad Central por el Sr. Giner de los Ríos, sobre un nuevo concepto de la ciencia económica, puesto que él, como discípulo también de este eminente profesor, había tenido la fortuna de escucharlas y aprenderlas. El Sr. Piernas, cediendo sólo a nuestras reiteradas instancias, se ha prestado a complacernos, por lo cual le estamos muy agradecidos, y fruto de su colaboración es el Apéndice con, que termina este libro, y que no debe considerarse sino como un ligero bosquejo.
Tales son las correcciones y adiciones introducidas en la segunda edición de nuestra obra. ¡Ojalá que con ellas hayamos prestado algún servicio a la ciencia!
Madrid, 1814.
La rapidez con que se ha agotado la segunda edición de esta obra ha sorprendido al autor, ocupado en otras tareas científicas, y no le ha dejado tiempo para introducir en aquélla todas las reformas que hubiera deseado.
No obstante, no deja de llevar algunas de importancia, habiéndose refundido los capítulos 2.º y 3.º de la Introducción, 7.º del libro 2.º, y 5.º del libro 4.º, aumentado la doctrina de otros y procurado esclarecer más y más la que contenían los restantes.
En cambio, hemos suprimido el Apéndice que llevaba dicha segunda edición, y que había escrito expresamente para ella, a ruego nuestro, el distinguido catedrático de Economía política y Estadística en la Universidad de Zaragoza, D. José M. Piernas y Hurtado, con cuya amistad nos honramos. Versaba este Apéndice sobre un nuevo concepto de la Economía, que nosotros no conocíamos entonces por haber aparecido durante una de nuestras breves ausencias del Magisterio: hoy que le conocemos, no podemos en manera alguna aceptarle, y le hemos reemplazado con el que encontrarán nuestros lectores en el capítulo Definición de la ciencia económica.
Semejante supresión no implica, de nuestra parte, olvido o desdén del servicio que nos prestó el Sr. Piernas en la época a que nos referimos, y por el cual le mostramos ya entonces nuestro profundo agradecimiento. Lejos de eso, le reconocemos de nuevo, y de nuevo le damos por él a nuestro amigo las más expresivas gracias.
Pero es evidente que, rechazando ahora las doctrinas contenidas en el Apéndice de que se trata, no debíamos darles cabida sin refutarlas, y esto no podía tener lugar en una obra elemental como la presente.
En breve publicaremos, con el título de Filosofía de la ciencia económica, otra de índole muy distinta, y en ella se encontrará la exposición y refutación completa de tales doctrinas.
Entre tanto, no podemos menos de lamentar esta y otras divergencias científicas que entre el Sr. Piernas y el autor han surgido en los últimos años, aunque ellas no disminuyan en lo más mínimo el acendrado cariño que profesamos y el alto concepto en que tenemos al que, después de haber sido uno de nuestros más brillantes discípulos, es hoy tan digno y tan ilustrado maestro.
Julio de 1880.
(De L'Economiste belge, 10 DE FEBRERO DE 1866.)2
Los economistas españoles tienen generalmente en poca estima el nombre dado por el uso a la ciencia que cultivan; así es que suelen designarla por otros nombres, de los cuales ninguno tiene, en nuestra opinión, menos defectos que el que proscriben.
Como quiera que sea, no pretendemos entablar aquí, a propósito de un simple nombre, una discusión que podría llevarnos muy lejos. Poco importa la etiqueta que cubre el saco, con tal que la materia que contiene sea buena y convenga al comprador. Esto es lo que vamos a examinar. La obra del Sr. Carreras concierne únicamente a la Economía política pura: el autor nos anuncia en su Prefacio que se propone publicar un complemento, que abrazará las aplicaciones de esta ciencia, especialmente en sus relaciones con el derecho público.
Después de haber tratado brevemente de las relaciones que unen a la Economía política con las ciencias que tienen al hombre por objeto, y las diferencias que de ellas la distinguen, el autor acomete la ardua empresa de darle una definición exacta, que no encuentra en los escritas de ninguno de los economistas que le han precedido.
Hace, en efecto, una crítica razonada de las definiciones propuestas por Sismondi, Adam Smith, J. B. Say, Flórez Estrada, Storch, Rossí, Bastiat, Molinari y Figuerola, y concluye proponiendo, como más racional, la siguiente: «¿La Economía política es la ciencia de las leyes naturales que rigen la actividad libre, estimulada por el interés personal para el perfeccionamiento del hombre».
Nos parece inútil seguir al autor paso a paso en el desarrollo, muy metódico en verdad, de sus ideas, que basta a hacer comprender en su conjunto una tabla minuciosa de materias.
Nos limitamos a enunciar aquí la impresión general que nos ha causado la lectura de su libro. La ciencia está, en él, expuesta con claridad, orden y método; las definiciones son exactas, claras, y a veces van acompañadas de ejemplos, a fin de hacerlas más fáciles de comprender aún para las personas poco, familiarizadas con las ideas abstractas. Desconfiando tal vez demasiado de su propio juicio, el autor ha recurrido a numerosas citas, tomadas de las obras de los economistas más distinguidos de todos los países y de todas las épocas, bien entendido que estas citas son casi siempre comentadas, a veces criticadas u opuestas las unas a las otras cuando presentan divergencias de opinión sobre cuestiones importantes.
Esta manera de proceder, que ha debido costar al autor un inmenso trabajo de investigación y a veces la abnegación de un legítimo amor propio, dejando decir a otros cosas que hubiera podido decir muy bien él mismo; esta manera de proceder, decimos, hace del libro del Sr. Carreras una obra eminentemente didáctica, por cuanto a la par que instruye a la juventud estudiosa en los verdaderos principios económicos, le da a conocer los autores que han tratado de ella, y le inspira, por consiguiente, el deseo de leer completamente las obras de los maestros de la ciencia, que es el modo de conocerla a fondo.
No dudamos, pues, de que la Filosofía del interés personal del Sr. Carreras y González ejercerá bien pronto en el progreso de la juventud española la misma favorable influencia que el Tratado de Economía política de nuestro colega y amigo Mr. José Garnier ha ejercido, para propagar la ciencia económica, en todos los países donde se habla la lengua francesa. Sentimos, sin embargo, tener que señalar lo que consideramos a la vez como un error y como un vacío en una obra tan recomendable. El Sr. Carreras no da el nombre de agentes naturales más que a aquellos dones de la Naturaleza no susceptibles de apropiación, colocando entre los capitales todos los que son o pueden ser una propiedad privada como un campo, una mina, un salto de agua, un estanque, etc.
Dedúcese de aquí que, para este autor, lo mismo que para J. B. Say, la retribución de los agentes naturales apropiados no se distingue en nada del interés de un capital formado por la acumulación de los productos del trabajo, y que constituye, como este último, parte integrante y necesaria de los productos creados con el concurso del mismo agente. Esto es desconocer o negar la teoría del monopolio natural de la tierra y de la renta, esencialmente aleatoria, que es su resultado; teoría indicada por los trabajos de Ricardo, de Bastiat, y Carey, y cuya demostración más completa, en nuestro concepto ha sido dada por nuestro amigo Mr. G. de Molinari en su Curso de Economía política, segunda edición, tomo primero, Lección 13 y 14; obra que el Sr. Carreras debe conocer bien, puesto que la cita muchas veces.
Si, como ha prometido en la Introducción de su libro, el señor Carreras se ocupa en la publicación de un tratado de las aplicaciones de la Economía política, que debe necesariamente comprender la importante cuestión del derecho de propiedad, esperamos que el estudio profundo que hará entonces de la materia le dará la convicción de que es imposible demostrar la legitimidad de aquel derecho sin admitir la teoría del monopolio natural de la tierra, cuya consecuencia inmediata es que la renta de los agentes naturales apropiados no forma parte del precio primitivo de los productos creados por su concurso, y que el valor de esta renta no se rige por la misma ley económica que el interés. del capital.
Entonces el autor reconocerá con nosotros la necesidad de modificar en una segunda edición de su Filosofía del interés personal, que esperamos no tarde en aparecer, lo que la primera deja que desear en este punto; y se convencerá, al mismo tiempo de la imposibilidad que había de legitimar el derecho de propiedad de la tierra, si ésta no constituyese más que un simple capital que diera una retribución en vez de una renta eventual.-
CH. LEHARDY DE BEAULIEU.
MADRID 8 DE MARO DE 1866.
Muy señor mío: He leído con gratitud el artículo que ha tenido V. la bondad de publicar en El Economista belga sobre mi Filosofía del interés personal.
Usted ha dado a esta obra una importancia superior sin duda a su mérito, y estoy en el deber de tributar a usted por ello las más expresivas gracias.
Permítame V., sin embargo, recusar algunas doctrinas que usted me atribuye, tal vez por falta de claridad en la expresión de mis ideas, y que estoy lejos de profesar, al menos en la forma que V. las expone en su artículo. Me importa mucho rectificar el juicio de V., no por un vano deseo de polémica, sino por la justa autoridad de que su nombre goza en la ciencia.
Así, diré a V. que nunca ha sido mi intención restringir la calificación de agentes naturales «a los dones de la naturaleza no susceptibles de apropiación» y colocar entre los capitales «todos aquellos que pueden constituir una propiedad privada», como usted ha creído. Yo no admito que haya objetos no susceptibles de apropiación; antes bien, afirmo en la página 64 de mi libro que todos pueden ser apropiados, al menos en el sentido económico de esta palabra. Si no lo han sido todavía, los llamo agentes naturales; si, por el contrario, han recibido alguna apropiación, los considero como productos, o bien como capitales cuando además están empleados en una nueva producción; es decir, que no hago de los agentes naturales apropiados -tierras, minas, aguas, etc.- una categoría especial de elementos productivos, como la mayor parte de los economistas; que sólo reconozco como agentes naturales los que los autores llaman agentes naturales no apropiados, y en fin, que coloco entre los capitales, no los agentes naturales que «pueden constituir», sino los que «constituyen ya» una propiedad privada, y, como las tierras, las aguas, las minas, etc., concurren directamente a la producción, en calidad de instrumentos o de materias primeras.
Y en esto no hago mas que desarrollar los principios sentados por, su sabio colega de V., Mr. G. de Molinari, en la Lección 13 de su Curso de Economía política, puesto que, según él, para que las tierras concurran directamente a la producción, deben haber sido de antemano descubiertas, ocupadas y desmontadas, es decir, capitalizadas, convertidas en verdaderos capitales, de los cuales no se diferencian, ami juicio, en nada.
Esta teoría es contraria, en efecto, a la teoría de la renta de Ricardo, como usted mismo dice, pero no a la de Bastiat y Carey, que han refutado, en mi sentir, victoriosamente las ideas del economista inglés, el primero en sus Armonías económicas, el segundo en sus Principios de la ciencia social, y de los cuales he tomado algunos argumentos en el capítulo de mi obra titulado Del alquiler. En cuanto a Mr. G. de Molinari, cuyos razonamientos adopto también en gran parte, su manera de ver en lo que respecta a la teoría de Ricardo está, también en el fondo de acuerdo con la mía, puesto que no considera esta teoría aplicable sino a ciertos hechos excepcionales. (Lecciones 13 y 14.)
Por lo demás, no creo que sea imposible, como V. supone, demostrar la legitimidad del derecho de propiedad sin admitir la teoría de la renta de Ricardo; antes bien, estoy persuadido de que esta teoría ha dado razón de ser a las elucubraciones socialistas de Considerant, Proudhon, etc., y aún del sabio autor español Flórez Estrada, cuyos trabajos económicos son por otra parte tan apreciables, los cuales han negado todo derecho de la apropiación individual de la tierra, fundándose precisamente en la doctrina de la renta. Así me propongo demostrarlo en la segunda parte de mi obra, entiendo mucho no participar de las opiniones de V,, tan respetables para mí, sobre el modo de considerar económicamente los agentes naturales apropiados y la retribución del capital-tierra.
Reciba V. de nuevo la expresión de mi gratitud por su benévola crítica, y la seguridad de la consideración con que soy su afectísimo servidor.-MARIANO CARRERAS Y GONZÁLEZ.
MONS 28 DE ABRIL DE 1866.
Muy señor mío: Siento mucho que las continuas ocupaciones que me han asediado este invierno, no me hayan permitido contestar más pronto a su amable carta del 8 de Marzo último. Tengo también que excusarme con V., de la incompleta y poco exacta revista que he publicado de su excelente obra en el Economista belga; he aquí las circunstancias atenuantes de esta falta. Siendo ciego, y disponiendo rara vez de personas que sepan leer regularmente el español, he tenido que contentarme con un examen muy ligero de su libro de V. para formular mi opinión sobre él sin hacerlo esperar demasiado.
Me es tanto más sensible, cuanto que a medida que voy estudiando su concienzuda obra de V., aprecio mejor su mérito.
He hecho que vuelvan a leerme las páginas que me indica usted en su carta, y veo que estamos de acuerdo en la definición de los agentes naturales, tanto libres como apropiables y apropiados. En lo que, estamos desacordes es en la renta. Concibo, por lo demás, tanto mejor su opinión de V. en este punto, cuanto que yo mismo participé de ella hasta 1858, en cuya época la teoría de la renta era para mí una verdadera pesadilla, no pudiendo formarme una idea clara de ella ni explicarme el laberinto de las aserciones contradictorias de Ricardo, Say, Bastiat, Carey, etc. Espantado de las consecuencias que sacaban de la teoría de Ricardo los comunistas y socialistas; asombrado de las extrañas aberraciones del ilustre español Flórez Estrada en este asunto, él tan sensato y tan discreto en todos los demás, había llegado ya a desesperar de hacer comprender a mis discípulos lo que tan dudoso era para mí mismo. Pero hoy he fijado mi opinión sobre la renta, gracias sobre todo a las doctrinas de G. de Molinari y Clement, y héla aquí en pocas palabras: «La teoría de Ricardo, muy exacta en
ciertos puntos, es incompleta y defectuosa en otros. Si no recuerdo mal, su definición es ésta: «La renta es aquella parte del alquiler que el colono paga al propietario, por tener el derecho de gozar de las facultades productoras e imperecederas del terreno». Ahora bien: esta definición es incompleta por cuanto sólo comprende la renta territorial y no la de los demás agentes apropiados. Es defectuosa por cuanto supone un valor en las facultades productivas e imperecederas del terreno, las cuales, no habiendo sido creadas por ningún trabajo humano, no pueden legítimamente formar una propiedad, y de aquí los ataques de Bastiat y otros economistas, y los no menos justos de Proudhon, Considerant y tutti cuanti. Yo propongo la definición siguiente: «La renta territorial es aquella parte del alquiler que el colono paga al propietario, como remuneración del trabajo que ha puesto a su disposición las fuerzas productivas e imperecederas del terreno». o lo que viene a ser lo mismo: «La renta es la retribución de un agente natural apropiado, además del interés del capital necesario para el descubrimiento de la apropiación de este agente natural o de un modo de acción del mismo, desconocido hasta entonces».
Lo que me parece exacto en la teoría de Ricardo es su demostración de que la renta no forma parte del precio primitivo de los productos, así como todas las consecuencias que saca de este importante principio; pero comete un error al generalizar lo que dice acerca de la manera cómo la renta del terreno se forma y progresa, manera que no es en realidad mas que una excepción, como lo han demostrado Bastiat y Carey, citados en su libro de V.
Yo sostengo, pues, con Ricardo, Molinari y otros, que la renta de un monopolio natural cualquiera se diferencia esencialmente del alquiler, o sea de las utilidades (profit) de un capital primitivo, en que el primero es más aleatorio que el segundo, y no forma, como éste, parte integrante y necesaria de los precios primitivos de los productos creados por el concurso de dichos agentes.
Esta diferencia consiste en que el capital, móvil de suyo y susceptible de multiplicarse, a lo menos en ciertos límites, obedece bastante libremente a la ley de la oferta y de la demanda, y es dueño de rehusar su concurso, mientras que los agentes naturales apropiados no existen más que en cantidad limitada, y la mayor parte de ellos, como minas, saltos de agua, etc., no son susceptibles de traslación, lo cual no les permite proporcionar la oferta a la demanda, y deja por consiguiente una diferencia entre el precio primitivo y el precio de la renta de sus servicios.
Encuentro un carácter eminente de justicia en esta ley económica de la renta, cuya cuota, aunque aleatoria, tiende siempre a proporcionarse, aún cuando parezca excesiva, al trabajo, también aleatorio, pero sumamente raro, útil y meritorio, que consiste en el descubrimiento y apropiación de agentes naturales desconocidos, o de nuevos medios de utilizar los que se conocen. Por este punto se relaciona la teoría de la renta con la propiedad, y sirve para legitimarla.
Esta carta es ya muy larga, y temo no haber expuesto con bastante claridad mis ideas sobre un asunto tan abstracto. Así, ruego a V. que tenga la bondad de consultar la segunda edición de mi tratado, capítulos de los Monopolios, de la Propiedad y de la Renta, o sea de la retribución de los agentes naturales apropiados, donde no he hecho más que resumir, lo más claramente posible, las ideas de los que me han precedido.
Termino esta larga epístola, manifestando a V. mi deseo de que su Filosofía del interés personal sirva para propagar en su patria las nociones de una ciencia que tanto necesitan conocer desde los hombres de Estado más ilustres, con raras excepciones, hasta el más humilde operario. Será para usted una gloria y una satisfacción íntima el haber contribuido a este resultado.
Sírvase V. recibir la sincera expresión de mis más distinguidos sentimientos. -CH. LEHARDY DE BEAULIEU.
La Economía política va penetrando en la vida íntima de los pueblos, sin saberlo ellos mismos, sin quererlo, y a veces oponiéndole una porfiada resistencia. La verdad se abre paso entre sus enemigos, y los obstáculos retardan, pero no impiden sus progresos. La verdad económica es además una de las que mayor interés tienen para el hombre, siempre movido, aún en los actos de más heroica abnegación, por el amor de sí mismo. Sus necesidades existen, y es pueril cuestionar si sería mejor que no existiesen3. Van siempre con él, y no hay posibilidad de que las contemple impasible y sin poner en ejercicio las facultades que ha recibido para satisfacerlas. La ciencia económica las estudia, y examina los medios de hacer cesar el sufrimiento que nos hacen sentir. Suponer que su estudio es inútil o indiferente, es suponer también que lo es el estudio del ser humano, de su desenvolvimiento y de la acción de sus facultades sobre la materia y el espíritu. El ejercicio de éstas para la realización de los fines de la vida no puede ser irracional o arbitrario: tiene que estar sujeto a leyes conformes a su naturaleza. Negar esta verdad de sentido común, es fingir un hombre fantástico o imposible.
La Economía política, sin embargo, ha sido y es combatida por adversarios muy apasionados y de muy diferentes clases. Hay unos y éstos son los más implacables y tenaces, que quieren sacrificarla en aras de lo que llaman prosperidad nacional. Para ellos la ciencia del trabajo es una enemiga de la patria, un miserable agente vendido al oro extranjero, la destructora de la agricultura y las artes, una utopía, un sueño que se desvanecerá con el estruendo de las fábricas hundidas bajo el peso de su influencia. Estos son los que en las calles, en la prensa, en el Parlamento y en el Gobierno, mostrando la indignación de un farisaico patriotismo, piden protección para la Industria y limitaciones para el pensamiento iniciador de las reformas, para la palabra en que se encarna y para los actos que le convierten en hechos. Aborrecen la teoría económica, porque la ciencia proclama la libertad como la primera condición del trabajo; mas la libertad, que es ley del espíritu, tiene que serlo de sus manifestaciones. Los proteccionistas cuentan por días sus derrotas, y ven desaparecer rápidamente los girones de su bandera; pero es tan intransigente el interés que los inspira, que no hay que esperar que se rindan hasta que pierdan su último baluarte.
Hay otros que declaman contra la Economía, condenándola por empírica y desconocedora de la razón de sí misma, y negándole toda filiación filosófica. Éstos, que admiten la ciencia del hombre, reconocen su unidad y proclaman la necesidad, la universalidad y la permanencia de las leyes de la moral y la justicia, niegan, sin embargo, el carácter racional y científico de la teoría económica, o lo que es lo mismo, despojan a nuestro ser de parte de sus elementos esenciales, y no perciben la relación necesaria y constante entre sus necesidades y las facultades que las satisfacen. Examinan incompletamente, la naturaleza del hombre, y limitando la esfera de la Filosofía, la empequeñecen y esterilizan. El tiempo desvanecerá las preocupaciones de los filósofos y economistas exclusivos, y unirá sus pensamientos con los vínculos que deben mantener en su integridad y unidad la ciencia del hombre y del universo.
Otros hay en número no pequeño, laudatores temporis acti, que se sientan llenos de santa ira contra la ciencia que señala al linaje humano el camino de la riqueza y del bienestar, y la maldicen por egoísta y materialista. Para éstos, cuya práctica no suele estar conforme con su teoría, los adelantos materiales no se obtienen sino a expensas de la justicia y la caridad, la riqueza es un germen fecundo de perturbación en las costumbres, el mortal que vive en la miseria y con la rudeza del salvaje es el que va derecho a la perfección, y los estímulos más poderosos del trabajo son tentaciones que nos separan del bello ideal de la mortificación y del ocio. Éstos buscan la riqueza para satisfacer las necesidades de los sentidos, educar la inteligencia de sus hijos y hacer la propaganda de su doctrina; pero al mismo tiempo, poniéndose en contradicción consigo mismos, proscriben, como causa de iniquidad y de desorden, lo que se ven precisados a emplear como medio de obtener lo que, según ellos, es santo y laudable. Establecen un abismo entre la materia y el espíritu, entre el cuerpo y el alma, condenan como imposible su desarrollo simultáneo y armónico, y dividen lo que es indivisible. Desconocen que «la actividad material tiene por principio la intelectual y moral, y que no puede hacerse nunca del hombre ni una pura esencia, ni una máquina4«. La Estadística con sus números es la demostración más brillante de la influencia del progreso material en el intelectual y moral; pero sus lecciones son enteramente inútiles para los entendimientos caducos, que no pueden rejuvenecerse ni sufrir el vivo resplandor de la verdad. No hay que esperar su conversión: el tiempo va aclarando sus filas, y él solo puede, hacer que desaparezcan esos fanáticos enemigos del movimiento progresivo de las sociedades.
Hay, por último, otros adversarios de la ciencia del trabajo, menos apasionados que los precedentes, pero más numerosos. A esta clase pertenecen los ignorantes. La ignorancia dificulta siempre las mejoras sociales; pero hay una especie peor que las demás, que es la de los que tienen la ilusión de ser sabios. Las opiniones más absurdas les sirven de premisas, y la serie de sus doctrinas es un tejido lamentable de extravíos y falsos conceptos. En el foro, en la cátedra, en la tribuna y en el sillón ministerial se erigen en apóstoles del error, y la autoridad de su persona o de su posición da fuerza, siquiera sea transitoria, sus infundadas aseveraciones. Es muy cómodo cuando no se ha estudiado una ciencia, que exige la consagración de la vida entera, parapetarse tras de las opiniones del vulgo, y al discutir, emplear, en vez de las observaciones sugeridas por el estudio, los argumentos que el común de las gentes acepta y repite sin examen. Poner de relieve la falta de ilustración de estos pseudo-economistas es doblemente meritorio, porque sirve ara hacer justicia a la verdad y para producir el convencimiento en el mayor número. La, ignorancia es un auxiliar poderoso de los proteccionistas y los reaccionarios, cuyas armas pierden su aparente brillo ante la luz de la razón y la experiencia. El que conoce la verdadera doctrina, tiene el deber de propagarla, aunque sea arrostrando las iras de los enemigos, los desdenes de los sabios pretenciosos o las sátiras sangrientas de los mantenedores de intereses bastardos: luchando por el triunfo del bien, podrá quedar en el campo de batalla; pero no le abandonará nunca la conciencia de la justicia de su causa, y la victoria definitiva será siempre suya. Los que aman sinceramente ese triunfo, deben sofocar todo sentimiento ruin y mezquino, y encender, no entibiar, el celo de los que se arrojan al circo para romper una lanza en ese perpetuo combate que sostienen la luz contra las tinieblas, la verdad contra el error.
La publicación de un libro nuevo, aunque sea una protesta contra la ciencia, es por lo menos, si llega a excitar el interés público, causa ocasional de discusión, en la que se depuran las doctrinas, y andando el tiempo, se hace siempre justicia a lo falso y a lo verdadero. Hoy mi amigo D. Mariano Carreras y González publica un libro nuevo, pero no para protestar contra la ciencia, sino para propagar la sana doctrina y defenderla contra sus adversarios. Viene a continuar, con honra suya y provecho de la enseñanza, la serie de trabajos económicos que han visto la luz en nuestro país, y que aunque menos conocidos y de menor influencia que los de otras naciones, son, sin embargo, preciosas joyas que debieran tenerse en más estima. Giginta, Medina, Oliva, Domingo Soto, Alamos, González de Cellorigo, que en 1600 hacía consistir la riqueza, no en la moneda, sino en la industria natural y artificial; Pedro de Guzmán, que en 1614 decía que con el trabajo se compraban todas las cosas; el P. Márquez, que en 1634 presentía el sistema fisiocrático; Álvarez Osorio, Caja de Lezuela, Dormer, Fernández Navarrete, Gándara, Pérez de Herrera, Lope de Deza, Martínez de la Mata, Mendo, Moneada, Saavedra Fajardo, Valle de la Cerda, Zabala, Ward, Ustáriz, Asso, Arriquíbar, Cabarrús, Campománes, Jovellanos, Capmany, Moñino, Sampere y Guarínos,. Canga Argüelles, Vadillo, Vallesantoro, Flórez Estrada, Espinosa de los Monteros, Lasagra, Marliani, Mora, Valle, Pastor, Colmeiro, Figuerola, Bona y Carballo, con otros muchos que no es fácil enumerar, forman el catálogo de los escritores, que unas veces adelantándose a las doctrinas comunes en Europa, y otras siguiendo la general corriente, han mantenido vivo el amor a la ciencia en España desde el siglo XVI hasta nuestros días.
Apenas hay una escuela económica que en sus diferentes gradaciones y matices no haya tenido dignos representantes en nuestro suelo. La mercantil, la fisiocrática, la industrial, la descriptiva, la fatalista, la crítica, la filantrópica, la socialista, la ecléctica, y la que en los últimos tiempos ha demostrado la armonía de las verdades económicas y su influjo en el progreso general de la especie humana, todas han tenido discípulos, si no muy numerosos, por lo menos bastantes para que hayan podido estudiarse las varias formas con que la teoría económica se ha presentado en el curso de la Historia.
La obra que publica el distinguido catedrático de la Escuela de Comercio, está inspirada por el espíritu de nuestra época. Los críticos, los filántropos y los socialistas, combatiendo la doctrina de Smith, sin fundar nada nuevo los primeros, en nombre de principios desacreditados por la experiencia de los siglos los segundos, y abandonándose los terceros a las inspiraciones de su imaginación enferma, han excitado vivamente la atención de los pueblos y de los sabios, y han sido causa de que, observándose mejor el orden del Universo, se hayan, si no descubierto, por lo menos formulado con más claridad y distinción las leyes armónicas que rigen el mundo material y moral. Educado el Sr. Carreras cuando se verificaba esta evolución científica, no podía satisfacerse con el fatalismo de Malthus y de Ricardo, ni con el sistema descriptivo de J. B. Say, ni con las negaciones de Sismondi, ni con los lamentos de Villeneuve de Bargemont, ni con el eclecticismo de Flórez Estrada, ni con las organizaciones artificiales de Owen, San Simon, Fourier, Cavet o Blanc. Reconoce la existencia del mal, porque, la naturaleza humana es finita, y la imperfección va siempre con nosotros; pero, niega que el mal sea progresivo, y que el hombre esté condenado, como Sísifo? a renovar los mismos esfuerzos sin adelantar un paso en su ímproba tarea.
El Sr. Carreras ha comenzado su obra con una Introducción, en la que arranca de la noción del conocimiento humano, y le sigue en la serie de sus grandes aplicaciones, exponiendo la filiación de la idea económica y describiendo su genealogía. La Economía es una parte de la Ética, y sus fundamentos deben buscarse en la Metafísica y la Psicología. El haberse encerrado los economistas de la escuela descriptiva dentro del círculo de la idea de riqueza, y haber excluido muchos del objeto de sus investigaciones las necesidades del espíritu, ha sido causa de que no pocos escritores apasionados o superficiales no hayan visto el puesto que entre las ciencias corresponde a la teoría de las leyes económicas. Si se reduce la Ética a la Moral y al Derecho, ¿cómo se explicarán los actos libres de nuestra alma, que no son contrarios ni al Derecho ni a la Moral, pero que, no ejecutamos en virtud de un deber ni nadie tiene facultad de exigirlos? ¿Podrá excluirse de la ciencia de la voluntad el estudio de los actos con que, movidos por el amor de nosotros mismos, satisfacemos las necesidades propias y ajenas? ¿No habrá ninguna ley natural que los rija? ¿Son acaso indiferentes para el cumplimiento de nuestro destino, y no hay entre ellos y la naturaleza ninguna relación general, necesaria y constante? ¿Es lo mismo saber o ignorar, tener destreza o ser torpes, trabajar solos o auxiliados por otros, emplear máquinas poderosas o nuestros débiles brazos, para satisfacer igualmente bien las exigencias de la Industria?
Una de las grandes dificultades de las obras didácticas es la determinación precisa del objeto y fin de la ciencia o arte que, exponen. Esta dificultad es mayor todavía en las obras económicas; porque los grandes maestros no han cuidado de precisar la materia de sus estudios, ni hay entre ellos conformidad de opiniones. El libro que hoy se publica distingue cuidadosamente en la definición de la Economía política su objeto y su fin. Su objeto no es la riqueza, sino las leyes naturales que rigen la actividad libre estimulada por el interés personal. Esta noción no confunde la ciencia con el arte; le da, sin exagerar sus límites, más extensión que los que hacen de ella una teoría exclusivamente diviciaria, y la diferencia de la Moral y el Derecho, que son también partes de la Ética.
Es verdad que hay un arte económico que se funda en la ciencia, porque no es arbitrario; pero no debe confundirse con ella, porque ésta no aconseja ni manda, sino que investiga y formula las leyes de la actividad, libre movida por el amor de nosotros mismos, y sus relaciones naturales con la satisfacción de las necesidades humanas.
La definición del Sr. Carreras no exagera los límites de la Economía política, confundiéndola con la ciencia social en toda su integridad, y extendiéndola, como han hecho muchos economistas, más allá de lo que consiente el principio generador de sus doctrinas, ni tampoco la empequeñece, limitándola al estudio de un hecho tan desigual, contingente y variable como riqueza. La riqueza conserva nuestra vida, nos da aliento en nuestra penosa carrera, es un medio necesario de educación intelectual y moral, estrecha los vínculos sociales, y contribuye eficazmente al perfeccionamiento humano; pero no es mas que un efecto, y la ciencia investiga la raíz de las cosas, examina sus relaciones de causalidad y tiene que hacer objeto de su estudio, si no verdades absolutas, lo que tenga al menos cierto carácter de necesidad y generalidad, supuestas las condiciones del Universo. Para estudiar la actividad libre, tenemos el punto de partida dentro de nosotros mismos, y podemos seguirla lógicamente en la, serie ordenada de sus manifestaciones; pero si desde la riqueza, hecho complejo y efecto de muchas causas, pretendemos subir a sus primeros orígenes, corremos el riesgo de confundir al hombre con la Naturaleza, y no hallar en la variedad la unidad, Sin la cual la ciencia es imposible. Hay además otro grave inconveniente en hacer a la riqueza objeto de la Economía política: ciertos trabajos del espíritu, cuya huella es profunda en la vida del individuo y de la sociedad, y que tienen todos los caracteres de los actos económicos, quedan en ese caso fuera de la competencia de este estudio, o hay necesidad de dar a las palabras una significación que ha levantado no pocas tempestades contra los economistas, y que la manera común de sentir y la autoridad del uso rechazan. Cuando una ciencia no tiene todavía en las inteligencias comunes la respetabilidad que suele dar una larga historia, es un grave obstáculo para su propagación el que, por cuestiones de forma o de palabras, se exciten prevenciones desfavorables, que suelen tomar el calor de la pasión y se desarraigan difícilmente del ánimo de los pueblos.
No sólo la Economía política se ocupa en el examen de la actividad libre del hombre, sino también la Moral y el Derecho: de ahí la necesidad de distinguir estas ciencias y estudiar sus relaciones. La actividad libre no se despliega sin un estímulo que ponga en acción al espíritu. El deber y el amor de nosotros mismos, son los grandes móviles de nuestra conducta. La ciencia económica no contradice el primero, pero no trata mas que del segundo. Numerosos vínculos, sin embargo, la unen con las demás partes de la Ética, y uno de los grandes adelanto de la Economía en los últimos años ha sido demostrar que, lujos de pugnar y excluirse las ideas de lo bueno, lo justo y lo útil se completan mutuamente, y que en su realización progresiva y armónica consiste el progreso de la humanidad. El Sr. Carreras ha expuesto con admirable claridad los caracteres distintivos de las ciencias que desenvuelven estas ideas, y ha demostrado la convergencia a un fin y el acuerdo de todos los elementos de la vida. Fiel a este principio, no le ha olvidado nunca en el curso de su obra, en que explana, aplica y confirma las doctrinas expuestas con tanta lucidez en la Introducción.
J. B. Say, y la mayor parte de los economistas, han dividido la Economía política en tres partes: producción, distribución y consumo. Flórez Estrada añadió la circulación, Rossi las redujo a las dos primeras, y recientemente Giovanni Bruno, prescindiendo de las antiguas clasificaciones, ha ordenado la doctrina económica con arreglo a un nuevo sistema. El señor Carreras ha adoptado la división de Flórez Estrada, el más original de los economistas españoles.
En el Libro primero, siguiendo a Bastiat, hace el análisis de las necesidades humanas, y demuestra la influencia recíproca de su continuo desenvolvimiento; y del desarrollo progresivo de nuestras facultades. En esa armonía natural y lógica, confirmada por la Estadística y la Historia está indudablemente la base del orden económico.
Las necesidades humanas se satisfacen por el ejercicio de nuestra actividad; pero la acción del espíritu supone materia sobre que ha de ejercerse o instrumentos para obrar sobre ella. El trabajo es la causa de la producción, y la naturaleza y el capital son unas veces la materia y otras los instrumentos. El señor Carreras afirma que es necesario el concurso simultáneo de estos elementos para producir, y aunque, discípulo de Smith, combate la doctrina de los fisiócratas y considera el trabajo como el iniciador de la producción, no incurre en las exageraciones de Canard y de Flórez Estrada, y defiende el capital contra los absurdos ataques de Proudhon. Siguiendo el orden cronológico en que han debido aparecer las fuerzas productivas, examina primero las de la naturaleza y sus relaciones con el trabajo describe elocuentemente con cuánta variedad y abundancia están distribuidas en el Globo y rechaza la división de los agentes naturales en apropiables e inapropiables, admitida por la mayor parte de los economistas.
Denomina trabajo a la acción, voluntaria y reflexiva de las facultades intelectuales, morales y físicas para satisfacer nuestras necesidades, y cree acertadamente que no hay operación industrial en que no intervengan la inteligencia, la voluntad y el cuerpo, y que, entre los trabajadores hay una jerarquía natural qua se modifica con los adelantos industriales. Expone la clasificación de las operaciones improductivas hecha por Rossi, y distingue con Say la teoría, la aplicación y la ejecución. Divide la Industria en objetiva y subjetiva, y separándose de la clasificación común, subdivide la primera en extractiva, agrícola, de la cría de animales, manufacturera, locomotiva y mercantil, y la segunda en industria del sacerdocio, de la educación, de la enseñanza, artística, del gobierno y sanitaria.
Define el capital como Rossi, y cuenta entre sus elementos los indicados por Smith, añadiendo las tierras y las aguas conforme a la doctrina de Carey y de Bastiat. No es posible, dice, que las tierras y las aguas produzcan, si no son convertidas previamente en productos y trasformadas en capital, las primeras por la ocupación, el desmonte y la roturación, y las segundas por la ocupación y el encauzamiento. Demuestra la influencia del capital en la producción y haciendo un excelente análisis de las ventajas de la maquinaria, reduce a sus verdaderas proporciones los argumentos de Sismondi, que, combatiendo las doctrinas generalmente recibidas en la ciencia, ha dado ocasión a nuevos estudios e importantísimos progresos.
Examinados los elementos productivos, el orden exige que se estudie cómo se combinan en las debidas proporciones, para explicar el fenómeno de la producción. El Sr. Carreras lo hace así, y no olvidando nunca el carácter científico de la Economía política, afirma que la proporción entre estos elementos no es usual y caprichosa, sino natural y necesaria. Ve, en esa combinación el primer carácter de la producción, y el segundo en la división del trabajo, que se funda en la constitución misma, del hombre y del Globo que habita, y en la organización natural de la Industria. Fiel a las tradiciones de los grandes maestros, prueba la importancia de este hecho económico, y combate victoriosamente a los pesimistas que desde Lemontey no fijan sus ojos más que en el aspecto malo de las conquistas modernas. Trata después de la asociación: la división del trabajo y la asociación son en efecto dos hechos gemelos, que se desenvuelven paralelamente, y que, aunque distintos, forman dos faces de un solo hecho, y contribuyen con igual eficacia a realizar la producción, así como la análisis y la síntesis por diversas vías concurren a la unidad del conocimiento humano. El Sr. Carreras ha expuesto con notable acierto las diferentes formas de la asociación, distinguiendo la cooperación de la asociación propiamente dicha, y las empresas de las sociedades. Hace además atinadas observaciones sobre las varias clases en que éstas se dividen, y muy especialmente sobradas de operarios y seguros.
No hay acción eficaz sin resultado, ni producción sin producto. La producción, según el Sr. Carreras, es la apropiación de los agentes naturales, o sea la acción de ponerlos en condiciones de satisfacer las necesidades humanas. Rechazando las varias opiniones de los economistas sobre la naturaleza del valor, le hace consistir en el estado de apropiación de un agente natural, y cree, con Ricardo, Flórez Estrada y Proudhon, que todo vale lo que cuesta5. Defiende con vigor y gran copia de razones la antigua doctrina de J. B. Say sobre los productos inmateriales. Cree con razón que sin un sobrante o beneficio después de cubiertos los gastos de producción, no puede haber aumento de riqueza, y consecuente con la idea generadora de la teoría económica, sostiene que este beneficio se acrecienta con los adelantos científicos, la civilización y el progreso. Define la riqueza el conjunto de productos que tienen utilidad y valor, tanto materiales como inmateriales, y resuelve fácilmente, desenvolviendo y rectificando la doctrina de Bastiat, un problema que pareció dificultad gravísima a J. B. Say y contradicción insoluble a Proudhon. Las ideas de valor y utilidad no son antitéticas ni se excluyen mutuamente; pero el bienestar de los pueblos crece con el concurso gratuito cada vez mayor de la Naturaleza, y con la disminución progresiva de los esfuerzos humanos para satisfacer las mismas o mayor número de necesidades.
Con el mismo orden en que se suceden en el primer libro de esta obra a la idea de la necesidad la de los medios de satisfacerla y al examen de la causalidad de los elementos productivos el de los resultados o productos, se suceden en el segundo los principios reguladores del fenómeno complejo de la distribución6. Verifícase ésta entre los productores, bien lo sean con su trabajo o su capital, o ambos reunidos, y la parte de cada uno es, según las leyes naturales del mundo económico, ni más ni menos de lo que debe ser, porque es proporcional a la parte que ha tenido el partícipe en la formación del producto, o lo que es lo mismo y a los servicios que ha hecho a la Humanidad. La verdadera recompensa de los productores consiste en el beneficio que obtienen después de cubiertos los gastos de producción, y se halla en razón directa de aquél e inversa de éstos. La parte relativa del capitalista y trabajador guarda proporción con los gastos o esfuerzos de cada uno, y si se disminuyen los del capital, o del trabajo, o de ambos, se aumentan a la vez las utilidades de uno y otro. El capital y el trabajo, dice el Sr. Carreras, son solidarios, y no puede defenderse con Bastiat; que a medida que crecen los capitales, la parte absoluta de los capitalistas en el producto total se aumenta, y se disminuye la relativa; mientras la de los trabajadores se aumenta en ambos sentidos».
Las retribuciones, sean fijas o eventuales, están regidas por los mismos principios. Las quejas elevadas contra el salario son tan injustas como frívolas: la retribución del trabajo no puede menos de ser proporcional a su participación en la producción, bien bajo la forma de salario, que es la más segura y mejor, bien bajo la de dividendo, expuesto a las contingencias de las empresas, y percibido sólo cuando hay ganancias y después de realizadas. Esta retribución debe comprender los gastos de manutención y renovación de los trabajadores y el beneficio correspondiente, deduciendo, si toma la forma de salario, la prima del seguro y el premio del anticipo. Los gastos del trabajo, que varían según las facultades puestas en ejercicio, la intensidad del esfuerzo los riesgos y el tiempo empleado en la producción, se disminuyen con el progreso de la industria y es por consiguiente cada vez mayor el beneficio de los trabajadores. La opinión opuesta de Molinari se funda en el error de estimar los gastos absolutamente y no en relación con las utilidades. Las mismas leyes regulan la retribución del capitalista, la cual se compone de la indemnización de los gastos de conservación y reparación, y de un beneficio que crece progresivamente, según van disminuyéndose los gastos por el influjo de los descubrimientos industriales y de la, acción más eficaz de la inteligencia. Pero ¿es legítimo el interés del capital, especialmente si consiste en dinero o cosas fungibles? Esta cuestión, que se resolvió negativamente durante muchos siglos, y que hoy se resuelve conforme a las leyes de la ciencia por el buen sentido de los pueblos, se ha resucitado por el socialismo en los últimos tiempos. El Sr. Carreras, para hacer evidente la verdadera solución, ha puesto al lado de las frívolas argumentaciones de Proudhon las respuestas vigorosas de Bastiat.
La producción y la distribución no constituyen el orden económico de las sociedades: se necesita también la circulación. Es preciso que una serie indefinida, de cambios haga posible una extensa división del trabajo, y que todos trabajen para todos. El cambio y la prosperidad social son dos hechos que, influyendo uno en otro, se desarrollan simultáneamente. El Sr. Carreras enumera en el Libro tercero las condiciones necesarias del cambio, según Skarbeck, y las causas de su actividad. Explica la fórmula de la oferta y la demanda, y trascribe de Molinari un resumen de la teoría de las salidas de J. B. Say. Trata de los instrumentos de los cambios y de la conveniencia de uniformarlos, de las ferias y mercados, de las bolsas de comercio, de los docks y de las; exposiciones industriales, y defiende a los revendedores y especuladores contra las preocupaciones del vulgo. Estima las cosas por su valor y utilidad, que son el fundamento del sacrificio del adquirente, y define el precio, la relación entra dos productos cambiados. Expone ordenada y metódicamente las leyes reguladoras de los precios, admitida generalmente por los economistas, y prueba que no hay, antagonismo entre productores y consumidores y que uno de los mayores progresos sociales es la baratura producida por la competencia. Aplica después las leyes generales al precio del alquiler, sometido a las mismas influencias que los demás, y consecuente con la opinión defendida al hablar del capital, impugna las teorías de los fisiócratas, de Smith, de Ricardo, de Rossi, de Rau y de H. Passy sobre la renta de la tierra, y sostiene la de Carey y Bastiat. Demuestra que no es progresivo el encarecimiento de los productos de la tierra, y que por la limitación de ésta no está la Humanidad condenada fatalmente a un malestar cada vez mayor. La relación entre la oferta y la demanda regula, como el de las demás cosas, el precio corriente de los salarios, que tiende a identificarse con el natural, o lo que es lo mismo, con los gastos de producción, más el beneficio correspondiente. La oferta del trabajo está representada por la población, y la demanda por el capital. Con este motivo combate el autor de esta obra el sistema de Malthus, y afirma que si con frecuencia la población ha excedido y excede los límites de las subsistencias, no por eso pesa sobre el género humano una maldición que le condene a perpetuo empeoramiento, porque la capacidad industrial del hombre crece progresivamente, al paso que se debilita su fuerza prolífica. Presenta después con notable lucidez la teoría de la moneda, y a continuación la del crédito, siguiendo generalmente a Coquelin. En la exposición de ésta es digna de atención y elogio su manera original de presentar las diversas formas que los documentos o títulos de crédito han tomado sucesivamente en el curso de la Historia, desde el recibo sencillo hasta el billete de banco.
La última parte de esta obra tiene por objeto el consumo. Si el hombre sacude su pereza, y hace penosos esfuerzos para dar valor a las cosas, es con el propósito final de satisfacer sus necesidades. Sin el consumo la producción no tiene razón de ser, porque, aunque es verdad que además del personal hay otro industrial en que se destruyen valores para reproducir, o lo que es lo mismo, para reintegrar con aumento lo gastado, siempre hay en último término una necesidad que debe satisfacerse con el producto del trabajo. El consumidor, dice muy bien el Sr. Carreras, es todo el pueblo, y sus gustos y aficiones deciden de la naturaleza y cualidades de los productos. El consumidor es por consiguiente responsable de los extravíos de la producción; lo será si prefiere lo frívolo a lo verdaderamente útil, o lo que deteriora su organismo, oscurece su inteligencia o degrada su carácter, a lo que le da fuerza, ciencia o dignidad. El consumo, sea industrial o personal, debe reunir ciertas condiciones, sin las cuales la producción se estaciona o decrece, los valores se destruyen estérilmente, y el individuo o el Estado dificultan sus propios adelantos y el progreso de la sociedad. El consumo no es ni puede ser una cantidad invariable que encierre la producción en un círculo de hierro. Estos dos hechos son igualmente elásticos, influye el uno en la reducción y extensión del otro, y se aumentan o disminuyen simultánea y sucesivamente. Algunas veces suele romperse el equilibrio entre la oferta y la demanda, y entonces sobrevienen las crisis, procedentes unas del movimiento progresivo de la Industria, y producidas otras por causas extraordinarias, más o menos violentas y pasajeras.
El consumo puede ser insuficiente o excesivo. El avaro que entierra su capital, o que olvida el deber de promover el mejoramiento propio y el de sus hijos, se priva a sí mismo y priva a la sociedad de los medios de reproducir que acumula la acción permanente de las fuerzas productivas; pero es todavía peor el pródigo que disipa en una noche de insomnio el trabajo de varias generaciones. La cuestión del lujo, dice acertadamente el Sr. Carreras, es con frecuencia una verdadera cuestión de palabras; pero no debe condenarse la extensión progresiva de los gastos personales, cuando guardan proporción con la fortuna del que los hace y las necesidades satisfechas son racionales y legítimas. Sin el ahorro no puede crecer la producción ni extenderse los consumos: las instituciones que le facilitan son de un gran interés individual y social, y su examen debe ocupar un lugar importante en las obras de Economía política.
Los consumos públicos son productivos o improductivos, como los privados, deben tener condiciones semejantes y se rigen por leyes análogas. Crecen como han crecido los de los particulares, porque el aumento de la riqueza hace mayores las exigencias de la vida individual, y social; pero desgraciadamente se han acrecentado se acrecientan en la mayor parte de las naciones más de lo que consiente su fortuna, tanto por los dispendios de guerras imprudentes o inicuas, como por la extensión absurda de las atribuciones del Estado. La contribución y el empréstito son los dos medios principales de levantar las cargas públicas; el Sr. Carreras los examina detenidamente, y da a la cuestión de su importancia recíproca la solución más juiciosa y práctica. Cree que la suma imponible se determina por las necesidades de los pueblos y no por sus recursos, y que la contribución es una Prima pagada al Estado como gerente de una sociedad de seguros mutuos. Como en ella se aseguran personas y cosas, la contribución será personal y real; aquélla igual para todos, y ésta proporcional al valor de los bienes asegurados. Deberá ser proporcional, no progresiva; una, no múltiple, y regularse por el capital, no por la renta. La teoría del crédito público está expuesta en esta obra de una manera sencilla, fácil y accesible a las inteligencias, más humildes.
El Sr. Carreras ha hecho un verdadero servicio a la Economía política española con la publicación de su libro. Claro, metódico y lleno de abundante y sana doctrina, tiene las principales condiciones de las obras didácticas, y será estudiado con fruto por los alumnos, y aún consultado por los maestros en muchos puntos importantes. Se emplean en él alternativamente la análisis y la síntesis, y la observación minuciosa y detenida de los hechos da luz a los principios generadores de la teoría. Las verdades económicas están encadenadas con. severo rigor científico, y el lector camina siempre con paso seguro de lo conocido a lo desconocido. La claridad, que es la primera de las cualidades de las publicaciones destinadas a la enseñanza, se sacrifica frecuentemente en ellas a deseos pretenciosos tan vanos como ridículos: el Sr. Carreras, por el contrario, todo lo sacrifica a la claridad, y prefiero desleír quizá con exceso un pensamiento, a dejarle incompleto u oscuro. Merece por ello el más sincero elogio; porque son preferibles a las alturas inaccesibles al telescopio y a los abismos cuyo fondo no descubre la vista del águila, las aguas cristalinas, que fecundan los campos y apagan la sed del viajero.
SANTIAGO DIEGO MADRAZO.
Se da el nombre de Ciencia a un conjunto sistemático de conocimientos.
La Ciencia, en absoluto, es el sistema completo de los conocimientos humanos.
Por sistema se entiende un todo, cuyas partes no están sólo yuxtapuestas, sino orgánicamente ligadas entre sí, y cada una de ellas con el todo.
Conocimiento se llama a un juicio formado, completo y definitivamente adquirido por nuestra inteligencia. Cuando este juicio es primitivo, elemental, todavía oscuro e imperfecto, toma el nombre de noción.
Juzgar es percibir y afirmar una relación entre dos términos, llamados ideas. El resultado de esta operación intelectual se denomina juicio.
En todo conocimiento hay un sujeto y un objeto. El sujeto conoce; el objeto es la cosa conocida.
Si el conocimiento se refiere a ciertos hechos particulares, llamados también fenómenos, observados como constantes e invariables, se le denomina ley. Las leyes científicas son expresiones generales o generalizaciones de los hechos particulares.
Si el conocimiento consiste en la afirmación de la causa que produce esos mismos hechos, se le da el nombre de principio o conocimiento primero. Los principios científicos expresan la naturaleza o la esencia de los fenómenos conocidos por la observación.
Las condiciones de toda ciencia son de dos clases: unas relativas a la forma, otras al fondo.
Las primeras consisten en la unidad, la variedad y la armonía.
La unidad consiste en la posesión de un principio o verdad primera, que sirve de base a la construcción científica.
La variedad supone un contenido múltiple, diversas partes que pueden reunirse en un todo: de lo contrario, el principio sería una verdad vacía y sin fondo, no sería principio de nada.
La armonía expresa la variedad en la, unidad -unir sin confundir y distinguir sin separar- e implica la posibilidad de la demostración.
Demostrar es referir una verdad a otra anterior y superior, en la cual está contenida.
Según esto, el principio de la ciencia nueva es indemostrable, porque no está contenido en ningún otro, siendo él la verdad primera, anterior y superior a todas las verdades conocidas. Y en efecto, hay que admitir esta verdad como un axioma, es decir, como evidente por sí misma, o renunciar a todo conocimiento científico. Así resulta que toda la ciencia humana descansa en una verdad axiomática, que es la existencia de Dios, o sea, del Ser uno, infinito y absoluto, cuya existencia no ha podido aún demostrarse, aunque se ha intentado muchas veces, ni se demostrará nunca.
Por la misma razón, el principio de cada ciencia particular no puede ser demostrado Por ella misma; pero se encuentra su demostración en otra ciencia anterior y superior donde aquélla tiene su origen.
Las condiciones de la Ciencia relativas al fondo son las siguientes: 1.ª Que el conocimiento sea verdadero; 2.ª Que el conocimiento sea cierto.
Se llama verdadero al conocimiento cuando hay conformidad entre el sujeto y el objeto, es decir, cuando la cosa conocida es efectivamente tal y como la conocemos.
Se llama cierto al conocimiento cuando tenemos la conciencia de su verdad, cuando sabemos que es verdadero, no sólo para nosotros, sino también para todo ser razonable, o bien cuando esta verdad es demostrable.
La Ciencia puede considerarse desde el doble punto de vista del objeto y del sujeto.
Considerada desde el punto de vista del sujeto o subjetivamente, la Ciencia se divide de este modo:
1.º Parte analítica o análisis, trabajo intelectual por el que nos conocemos primero a nosotros mismos, conocemos después los seres finitos o limitados que nos rodean, nos damos cuenta de este conocimiento en el fondo, de nuestra conciencia, y nos remontamos por fin del yo al principio, del efecto a la causa, de lo relativo a lo absoluto, de lo finito a lo infinito.
2.ª Parte sintética o síntesis, trabajo intelectual por el cual descendemos de la unidad a la variedad, de la causa al efecto, de lo general a lo particular, de lo infinito a lo finito.
Considerada desde el punto de vista del objeto u objetivamente, la Ciencia se divide en tantas ramas cuantos son los órdenes principales de seres o los objetos que hay en el Universo.
El Universo se compone del Espíritu, conjunto de seres inmateriales; la Naturaleza, conjunto de seres físicos o corporales, y la Humanidad, conjunto de todos los hombres, en el cual viven en unión íntima y perfecta la Naturaleza y el Espíritu, siendo el hombre un micro-cosmos, un universo, un mundo en pequeño.
Además, sobre el Universo está Dios, el Ser Supremo, causa y razón superior del Espíritu, de la Naturaleza y de la Humanidad.
Por manera que la Ciencia, sea un su objeto, puede dividirse en cuatro partes o ciencias particulares, reunidas en un solo todo, siendo la Ciencia entera la Ciencia del Ser, o sea la Ciencia de Dios, uno, infinito y absoluto. He aquí esas partes:
1.ª Ciencia del Espíritu.
2.ª Ciencia de la Naturaleza.
3.ª Ciencia de la Humanidad.
4.ª Ciencia de Dios, como Ser Supremo.
Hay todavía otra división de la Ciencia, en la cual se atiende sólo al origen de nuestros conocimientos.
Tenemos, en efecto, un conocimiento sensible o experimental, que adquirimos por los sentidos, o sea por la experiencia, y comprende todo lo que es finito, individual y determinado en sus relaciones, como los hechos, los fenómenos, los accidentes que se experimentan en el tiempo y en la vida, ya sean internos o externos.
Tenemos también un conocimiento supra-sensible o racional, que adquirimos independientemente de la experiencia, y que comprende las ideas generales de lo bueno, lo justo, lo bello, lo infinito, lo absoluto, lo uno, lo necesario, las cuales no pueden ser figuradas o representadas con el carácter de la universalidad, ni en la esfera de la imaginación, ni en los órganos corporales, sino que nacen en la misma razón.
Por último, estas dos especies de conocimientos se combinan en el conocimiento armónico o aplicado de lo eterno y lo temporal, de lo racional y lo sensible.
Por consiguiente, la Ciencia entera se divide en tres ciencias particulares, según el origen de nuestros conocimientos.
l.ª Ciencia que los conocimientos sensibles o experimentales: Historia.
2.ª Ciencia de los conocimientos supra-sensibles o racionales: Filosofía.
3.ª Ciencia de los conocimientos armónicos o aplicados: Filosofía de la Historia.
Dejemos a un lado la primera y la última, porque no conducen a nuestro objeto, y limitémonos a examinar la segunda, o sea la Filosofía.
Se llama Filosofía a la ciencia de los principios, de la esencia eterna de las cosas.
La Filosofía admite tas mismas divisiones que la Ciencia en absoluto. Así, según su objeto, se divide en las partes siguientes:
1.ª Filosofía de Dios o del Ser Supremo, llamada también Filosofía primera, Teología racional, Teognosia, Ontología o Metafísica.
2.ª Filosofía del Espíritu, denominada Neumatología o Psicología.
3.ª Filosofía de la Naturaleza, de la cual forman parte las Matemáticas, que son la ciencia de la cantidad en sus relaciones con el tiempo, el espacio y el movimiento.
4.ª Filosofía de la Humanidad, o sea Antropología general.
Estas tres últimas ciencias constituyen la Cosmología, que considera en conjunto el Espíritu, la Naturaleza y la Humanidad.
El Espíritu puede ser pensamiento, sentimiento y voluntad. Por consiguiente, la Filosofía del Espíritu, o sea la Psicología, se subdivide en las tres ciencias siguientes:
1.ª Filosofía del pensamiento: Lógica.
2.ª Filosofía del sentimiento: Estética.
3.ª Filosofía de la voluntad: Ética.
De esta última rama de la Filosofía nacen tres ciencias, que son, enumeradas por su orden jerárquico, la Moral, el Derecho y la Economía política.
En la Ética, pues, en la Psicología y en la Metafísica es donde debemos buscar -y así vamos a hacerlo- las raíces de la ciencia económica.
Hay en. la vida de todo ser finito algo que debe alcanzar a que ha de llegar necesariamente: este algo, este término de todos sus actos en la serie sucesiva del tiempo, es lo que se llama su destino.
El hombre, como los demás seres finitos, tiene, pues, un destino, un fin, una misión que cumplir durante su vida: el destino del hombre es realizar el bien.
El bien consiste en el desarrollo completo y armónico de la naturaleza humana. Crecer, desarrollarse, hacer brotar todos los bellos gérmenes que Dios ha depositado en nuestro espíritu como en nuestro cuerpo, tal es el bien uno y entero del hombre.
El mal, por el contrario, consiste en la negación del bien. Se llama malo todo acto de la vida, todo hecho contrario a nuestro ser, o que esté en oposición con su esencia. Así el error es un mal, porque se opone a la naturaleza humana, que busca y ama la verdad. De la misma manera, el odio, la envidia, el dolor, son males, porque se hallan en oposición con las propiedades esenciales del hombre.
Confundiendo la causa con el efecto, por una figura retórica muy conocida, se da igualmente el nombre de bien y de bienes a todo lo que puede producir el bien o contribuir al desarrollo de la naturaleza humana; así como se califica de mal y de males a todo cuanto se opone a ese desarrollo, dando lugar al mal.
El hombre puede considerarse de dos modos:
1.º Como individuo, es decir, como ser uno, completo y distinto de los demás hombres y de todas las criaturas.
2.º Como parte del Universo, o sea de la creación entera, y por consiguiente en relación con los domas hombres, cuyo conjunto se llama Humanidad, sociedad humana o sociedad en general, con el Mundo físico o material y con el Ser Supremo.
Estos dos modos de considerar al hombre dan lugar a dos distintos aspectos del bien:
1.º Desarrollo de la naturaleza humana en sí misma o individualmente (bien individual, bien, propio, bienestar o perfeccionamiento).
2.º Desarrollo de la naturaleza humana en el conjunto de sus relaciones; a saber, en sus relaciones con los domas hombres (bien social), con el Mundo físico y con Dios.
Uno y otro bien reunidos constituyen el bien absoluto, o sea el bien uno y entero.
El hombre está destinado a realizar este bien, y por lo tanto lo está igualmente a realizar el bien individual o perfeccionamiento de su naturaleza. Esto se expresa diciendo que el hombre es perfectible.
La perfectibilidad supone el progreso. La humanidad va acercándose gradualmente7 a su perfección, sin llegar a alcanzarla nunca, porque entonces dejaría de ser imperfecta, cambiaría radicalmente de esencia, lo cual es imposible.
Ningún individuo se basta a sí mismo para perfeccionarse: necesita para ello el concurso de la especie, el auxilio de sus semejantes. La sociedad constituye el estado natural de la especie humana: el hombre es un ser naturalmente sociable.
Por lo demás, el cumplimiento de todo bien, y por lo tanto el perfeccionamiento compete a la voluntad individual. Se llama así la propiedad del espíritu en virtud de la cual queremos o nos determinamos a una cosa.
La voluntad humana se determina a sí misma, es espontánea. Pero puede determinarse a hacer o no hacer: en el primer caso es activa, en el segundo pasiva.
Hay cierta parte del bien individual, aunque pequeña, que la voluntad obtiene en el estado de pasividad o inercia. Así el hombre recibe durante el día la impresión de la luz y el calórico, necesarios a, su desarrollo físico, sin más que exponerse a la acción de los rayos solares, y aspira el aire indispensable para la vida con sólo permanecer en un espacio ocupado por la atmósfera.
Pero ni el bien individual ni el bien uno y entero puede obtenerse en toda su extensión, sin que la voluntad humana obre o sea activa.
Ahora, al obrar la voluntad, puede escoger entre el bien y el mal, porque está dotada de libertad o libre albedrío. El hombre es naturalmente libre.
Si, la voluntad se niega a obrar u obra mal, no recoge más que sufrimientos y privaciones; viceversa, si obra bien, obtiene en cambio goces y placeres. Esta sanción de la libertad, que, concede el premio a los esfuerzos bien dirigidos y el castigo a la inercia y al desorden, se llama responsabilidad. El hombre es responsable de sus acciones.
Los resultados, buenos o malos, de la actividad humana no se limitan, sin embargo, al individuo; sino que, en virtud de los lazos naturales que le ligan con sus semejantes, se extienden a toda la humanidad, y por eso, los vicios como las virtudes de los padres recaen sobre los hijos, la riqueza o la miseria de los unos favorece, o perjudica a los otros, no habiendo acción alguna individual que sea indiferente para la especie. Esta ley moral, formulada por el Cristianismo en el dogma del pecado original, se llama ley de solidaridad o responsabilidad colectiva.
Hay más: la voluntad se determina a obrar, se pone en estado activo o se convierte en actividad por algo que la estimula o solicita. Este estimulante, este impulso se llama móvil o motivo.
Todos los móviles de la actividad humana se reducen al sentimiento, sea de atracción o de repulsión, que no inspiran los diversos fines hacia los cuales puede tender nuestro espíritu. Cuando un fin nos conviene, cuando es bueno o está conforme con nuestro bien, la actividad se siente inclinada hacia él y le busca; cuando no nos conviene, cuando es malo o contrario a nuestra naturaleza, la actividad huye de él y le rechaza. Esto se expresa diciendo que el hombre ama el bien y aborrece el mal, al menos tales como él los comprende.
El amor al bien es natural, a esencial o necesario en la naturaleza humana, porque lo es el bien mismo, estando aquella destinada, como ya hemos dicho a realizar el bien, que constituye nuestro fin o nuestro destino. El hombre no ama el mal ni por consiguiente le realiza, sino temporalmente, accidentalmente, por ignorancia, por pasión o por ceguedad del entendimiento, siendo el mal, como también hemos dicho, accidental, transitorio o pasajero en la naturaleza humana.
La necesidad natural en que estamos de amar y realizar el bien es lo que se llama deber.
El bien propio o individual, y el bien social, son partes del bien absoluto, son cada uno de por si un bien, aunque no todo el bien; luego debemos amarlos y los amamos efectivamente.
El amor del bien social toma el nombre de caridad o simpatía, y también de integres general.
El amor del bien, propio se manifiesta, en nosotros, ya de una manera inconsciente o irreflexiva, es decir, como sentimiento exclusivamente animal, y por lo tanto, común a los demás animales, ya de una manera razonada o consciente, es decir, como sentimiento racional, y por lo tanto esencialmente humano. En el primer caso se le llama instinto de conservación, en el segundo interés personal.
De suerte que el interés personal es el amor del bien individual, del bien propio, o sea el amor de sí mismo, no exclusivamente sensible, no ciego y apasionado, no instintivo como el del bruto, sino razonado, espiritual, y por consiguiente muy superior al instinto de conservación, con el cual no debe confundirse.
Cuando un hombre obra por el mero instinto de conservación, no busca mas que el placer, que es un bien sensual, es decir, peculiar y exclusivo del sentimiento, ademas momentáneo y fugitivo.
Cuando un hombre obra por el interés personal, busca un bien permanente, duradero, conforme, no sólo al sentimiento, sino también a la razón, siquiera sea propio o peculiar de él mismo, y no se extienda inmediata y directamente a los demás hombres.
El interés personal no consiste sólo en la aspiración a los bienes materiales, sino a toda clase de bienes propios, a todas, aquellas cosas que pueden contribuir al bien de la misma persona interesada.
Tampoco debe confundirse el interés personal con el egoísmo: aquél busca el bien propio sin lastimar por eso el ajeno; éste lo sacrifica todo a la conveniencia individual.
El predominio del placer caracteriza el estado ínfimo del desarrollo del hombre; el interés personal constituya un móvil más elevado, aunque no el único ni el más noble: las acciones virtuosas, las obras más meritorias son precisamente las desinteresadas, es decir, las que se hacen, no por amor al bien propio, al bien individual, sino por caridad, por abnegación, por piedad, por amor al bien absoluto, al bien del hombre en sus relaciones con Dios o con los demás hombres.
Mas no por eso el interés personal deja de tener en la actividad humana una influencia incontestable: todos los hombres son más o menos interesados; todos aman su propio bien, y este amor se halla tan arraigado en nuestra naturaleza, que nadie carece de él, nadie se hace mal a sí mismo a sabiendas y voluntariamente, nadie se causa daño y menoscabo en sus bienes o en su persona sin perder la razón, que es un atributo esencial de nuestro espíritu, y así el suicidio no se explica sino como un acto de demencia.
El interés personal es legítimo y nada tiene de censurable en sí mismo; antes bien, debe obrarse de conformidad con él en todos aquéllos actos de la vida que se refieran al bien individual, puesto que, como hemos dicho, la realización de este bien constituye uno de los deberes del hombre. La religión misma le ha consagrado en aquel mandamiento: Ama al prójimo como a ti propio, y la Iglesia le confirma en aquella máxima: La caridad bien ordenada empieza por sí mismo.
Hemos visto que la voluntad, siendo libre, puede obrar de una manera contraria a la naturaleza humana; mas no por eso se crea que puede colocarse fuera de su esencia. Al hombre, como a todo ser, le es imposible faltar a sus condiciones esenciales. Todo cambia o se modifica con el tiempo; pero la esencia y las propiedades de los seres permanecen inalterables. Hay, pues, en el tiempo y en la vida algo que no pasa, que domina todos nuestros actos, quiérase o no; es decir, alguna cosa fija y necesaria que, como ya hemos dicho en el capítulo anterior, se llama ley.
La ley, o sea la expresión de lo que es necesario y permanente en la vida, indica que la voluntad, aunque libre, se mantiene siempre en cierta esfera, en los límites de la esencia o de la naturaleza de las cosas.
La actividad tiene, pues, sus leyes naturales, fundadas en la esencia del hombre, a diferencia de las leyes positivas o humanas, que pueden estar en oposición con dicha esencia.
Las leyes de la actividad, llamadas espirituales porque conciernen al espíritu, son necesarias en su principio, pero no en su ejecución; es decir, que, aún cuando en definitiva se cumplan, porque en otro caso no serían leyes, pueden infringirse temporalmente, a diferencia de las leyes físicas, que se cumplen de una manera fatal, constante, en cada momento de la vida, y cuya infracción es de todo punto imposible.
Esta necesidad de las leyes espirituales no se opone en manera alguna a la libertad humana; antes al contrario, por lo mismo que el hombre es libre, es por lo que puede infringir dichas leyes, si bien entonces incurre en la responsabilidad que es consiguiente, y que atrayendo sobre él la pena o el castigo de la infracción cometida, lo hace por fin someterse a ella.
Por último las leyes de la actividad son permanentes, inmutables y eternas; no cambian según los tiempos, los lugares y las circunstancias; sólo que, en virtud de la libertad del hombre, pueden ser, sentidas y practicadas de diversos modos.
Ahora bien: estas leyes de la actividad son las que estudia, desde cierto punto de vista, la Economía política.
La palabra Economía se deriva de las dos griegas oicos, casa, y nomos, ley, o sea nemos, yo administro.
La voz política, que se adjetiva esta con esta ciencia, procede también de la griega polis, que significa ciudad o conjunto de ciudadanos.
Por manera que Economía política, en su sentido etimológico, quiere decir pura y simplemente «ley o arreglo interior de la casa política», esto es, de la ciudad o del Estado, porque entre, los Griegos y los Romanos, la nación, el Estado, no era mas que una ciudad.
Ahora bien: ¿expresa con exactitud el nombre de la ciencia económica su objeto y su contenido? De ninguna manera.
Oiconómicos pudo llamarse y se llamó, en efecto, un libro atribuido a Aristóteles; Económicos o Económica se denominó también con mucha propiedad otro libro de Xenofonte. Estos filósofos entendían por oiconomía la administración moral y material de la casa, es decir, la economía doméstica, tal como ahora la entendemos, más la educación de la familia.
Pero la ciencia económica ha tomado después otro rumbo, y si ha conservado su antigua denominación, aumentada con el adjetivo política, es porque ha venido a sancionarla, a falta de otra mejor, el uso.
Hoy la Economía política no estudia la administración de la casa pública o del Estado. Este es el objeto del Derecho político y administrativo, y no hay que confundir dos ciencias esencialmente distintas, por más que tengan algún punto de contacto.
¿De qué trata, pues, la Economía política?
Hojead los libros de esta ciencia; consultad las enseñanzas y las doctrinas de los maestros; interrogad, hasta el común sentir de las gentes, y todos ellos os dirán que Ia Economía sólo conoce de obras humanas, de actos humanos, o de resultados de ellos. ¿Qué son, en efecto, todos económicos? ¿Qué significa la frase vulgar tener economía o hacer economías, sino una serie, un conjunto ordenado y sistemático de acciones del hombre? No hay duda: lo económico es ante todo y sobre todo algo que no existe sino por el hombre y para, el hombre, algo que en la actividad humana tiene su: origen y su fin; su causa y su destino.
Primera nota o carácter distintivo de la Economía: Ciencia de la actividad humana.
Pero esto no basta, porque hay otras ciencias que también estudian actividad y la Economía no las comprende seguramente a todas: hay muchos actos del hombre que no son económicos en sí mismos, ni nadie pretende que lo sean. Prosigamos, pues, nuestro análisis hasta descubrir los que exclusivamente tengan aquel carácter.
En toda acción humana puede considerarse: el objeto en que recae, el fin o término a que se dirige, y el móvil motivo que impulsa a la actividad que a esa acción da origen.
Ahora bien: ¿cuál es ante todo el objeto de los actos económicos? ¿Sobre qué se ejerce la actividad de este orden? Se ejerce sobre todos los objetos de la Creación, incluso el hombre mismo, o solamente sobre el mundo físico, sobre el mundo material, sobre lo que llamamos la Naturaleza? Más, claro: ¿recae sólo en las cosas, o recae en las cosas y las personas? He aquí una cuestión, que trae divididos a los economistas, sosteniendo los unos que todas las obras económicas. son materiales, y los otros que lo mismo pueden ser materiales que inmateriales Pero esta disidencia es más aparente que real, porque ambas escuelas reconocen, como no, pueden menos de reconocer, que no es posible ejercitar la actividad económica, o sea obrar con economía, sin tener ciertas aptitudes o cualidades personales, tales como la pericia, la probidad, el celo, que sólo se adquieren mediante la educación, mediante un aprendizaje, que supone ya un ejercicio, una aplicación de la actividad luego estas aptitudes y la actividad misma que les da origen, son también económicas, a no ser que se reconozca en el efecto algo que no esté en la causa, lo cual es un absurdo. Pero de este punto trataremos más extensamente en el curso de la presente obra.
Por ahora basta con lo expuesto para conocer una segunda nota o carácter distintivo de la Economía, a saber: Ciencia de la actividad humana, ejercida sobre todos los objetos del Universo.
Veamos ahora el fin de los actos económicos. Hemos dicho ya que estos actos son esencialmente humanos que se realizan en el hombre y por el hombre; de consiguiente, su fin no puede ser otro que el del hombre mismo, el bien, el desarrollo completo y armónico de la naturaleza humana, que es esto consiste nuestro fin o nuestro destino. Y en efecto, lo económico es ante todo y sobre todo algo que oí; bueno, algo que, según la expresión vulgar, nos conviene, es decir, algo que sirve para nuestro bien o está conforme con él, que esto significa la palabra convenir, venir con, seguir el mismo camino, la misma dirección que otro; en una palabra, tener el mismo fin. Pero el bien humano, el bien total y absoluto del hombre, puede considerarse, según hemos dicho también8, bajo diversos aspecto, si y entre otros como bien del individuo y como bien de la sociedad humana o Humanidad: hay un bien que llamamos bien individual, y otro bien que se denomina bien social. ¿A cuál de estos dos bienes se dirige especialmente la actividad económica? o en otros términos: cuando un hombre obra económicamente, ¿lo hace para sí, para su propio bien, para su provecho, para su conveniencia particular, o para el provecho y conveniencia de los demás hombres? Formular esta cuestión equivale a resolverla; porqué es evidente que las obras de caridad, de abnegación, de filantropía, en una palabra, todos aquellos actos humanos, que, implican el sacrificio, o por lo menos la renuncia del bien propio para no atender mas que al bien ajeno, nadie los tiene por económicos. El economista no admite tampoco como objeto de su estudio o propio de su jurisdicción sino las acciones y las obras del hombre dirigidas al bien individual del mismo, sin desconocer por eso que hay un bien social con el cual está relacionado, y un bien absoluto que comprende estos dos bienes parciales; de la misma manera que el físico examina solamente las cualidades exteriores de la materia sin negar los elementos de que está formada, o que el fisiólogo estudia el organismo del cuerpo humano sin negar tampoco la existencia del alma, etc., etc.
Cierto que la Economía no desdeña absolutamente ciertos actos ejecutados por el individuo en provecho exclusivo del prójimo, siendo muy frecuente tropezar en los libros de esta ciencia con teoremas y con problemas que versan sobre la beneficencia legal, sobre los tornos de las Inclusas o Asilos de niños recién nacidos, sobre las Casas de Maternidad y otras instituciones análogas; pero es sólo para investigar hasta qué punto afectan esas instituciones, al bien individual, para saber si son o no, antieconómicas, porque económicas ya sabe el economista, que no lo son, como que, aunque fundadas por la actividad humana no se dirigen al bien de sus autores o fundadores, o sea al bien individual, que es el fin de los actos económicos.
Entonces, se dirá; ¿por qué algunos economistas, como L. Walras, Scarbeck, Ciconne, etc., consideran la Economía como una rama de la Sociología o ciencia de la Sociedad en general, y la denominan teoría de las riquezas o de los bienes sociales? Porque confunden el medio con el fin y toman indistintamente el uno por el otro. El bien individual, que es el fin económico, se realiza, en efecto, y no puede menos de realizarse por medio o en el seno de la Sociedad, puesto que el hombre es un ser naturalmente sociable y no vive sino en relación con sus semejantes. Pero si la Sociedad es un medio natural y necesario de realizar el fin económico, no por eso constituye este mismo fin, y la evolución económica, como dice Bastiat, reducida a sus más sencillos términos, se verificaría en un solo hombre, en un individuo aislado, Robinson. Además, que cabe muy bien estudiar, y así debe hacerse y se hace muchas veces, la actividad que se ejercita, no sólo por el hombre individualmente considerado, sino también por la Sociedad humana, en general, o por las diversas, asociaciones o sociedades parciales que dentro de ella se forman para realizar su bien propio, y considerar estas asociaciones como otras tantas entidades o personas económicas, lo mismo, que en la Ciencia del derecho se consideran como otras tantas entidades o personas jurídicas.
Sin embargo, aún admitiendo que el bien individual constituya exclusivamente el fin económico, ¿será verdaderamente económico todo este bien, o sólo aquella parte del mismo que concierne al cuerpo con abstracción completa del espíritu? En otros términos: ¿deberá reconocerse como económica la actividad que se ejerza para desarrollar la naturaleza completa del hombre, o sólo la que se dirija al desarrollo de su naturaleza física?
Esta cuestión suele confundirse con la que hemos discutido ya, sobre la esfera de acción de la actividad económica, que unos pretenden limitar a las obras materiales, mientras que otros la hacen extensiva a toda especie de obras, tanto materiales como inmateriales9. Pero en el fondo son muy diferentes: porque, si hay obras materiales que no sirven más que para el bien físico o del cuerpo, como los alimentos, los vestidos, las casas, etc., hay otras que sólo sirven para el bien del alma, como los libros, los cuadros y las estatuas, y si se negase a esta última especie de bien el carácter económico, sería preciso negársele también a las obras que a él contribuyen, con lo cual la ciencia quedaría reducida a límites todavía más estrechos de los que le asignan los economistas que excluyen de su dominio las obras inmateriales.
Ahora bien: ni aún los partidarios de esta doctrina tienen un concepto tan mezquino de la ciencia, puesto que consideran como económicos todos los bienes que se compran y se venden10, y en este caso se encuentran todas las obras materiales, ora sirvan para el bien del cuerpo, ora se empleen en el bien del alma.
Y en efecto, es muy difícil, por no decir imposible, distinguir estas dos clases de bienes, puesto que todo lo que conduce al primero conduce igualmente al segundo, y viceversa. Mens sana in corpore sano, una razón sana sólo puede residir en un cuerpo sano.
Es, pues, todo el bien del individuo el que constituye el fin de la actividad económica, y tenemos aquí una tercera nota o carácter distintivo de la Economía: ciencia del bien individual.
Réstanos solamente investigar el móvil de los actos económicos. Ahora bien: no hay, como hemos dicho, más móviles de la actividad humana que el amor del bien absoluto, el cual comprende el del bien propio o individual, llamado interés personal, y el del bien ajeno, que se denomina interés general, caridad o simpatía. Pero todo móvil debe estar en relación con el fin, y como el fin de los actos económicos consiste en el bien propio, se sigue de aquí que el móvil de los mismos actos no puede ser otro que el interés personal.
«La Economía política, dice Bastiat11, tiene por objeto al hombre; pero no estudia todo el hombre. Sentimiento religioso, ternura paternal y maternal, piedad filial, amor, amistad, patriotismo, caridad, la Moral ha invadido todo lo que llena las atractivas regiones de la simpatía, y no ha dejado a la Economía política mas que el frío dominio del interés personal.»
Tercera nota o carácter distintivo de la Economía: ciencia del interés personal.
Basta ya: no necesitamos proseguir nuestro análisis para determinar el concepto de la ciencia económica, y podemos definirla, es decir, resumir o formular el mismo concepto, de la manera siguiente:
Ciencia de la actividad humana, ejercida sobre todos los objetos del Universo, y estimulada por el interés personal para el bien individual del hombre.
Traduzcamos esta definición al lenguaje económico.
La actividad que el hombre ejerce sobre todos los objetos se llama trabajo.
Las diversas aplicaciones o combinaciones del trabajo llevan el nombre de industria.
El trabajo supone relaciones del hombre con la Naturaleza.
El bien individual es necesario, es decir, que en definitiva se realiza necesariamente, y esta necesidad se revela en el individuo por deseos constantes que se llaman necesidades.
Todas las cosas que sirven para nuestro bien se califican en general de bienes, y de riqueza cuando son fruto del trabajo.
La cualidad que tienen los bienes de servir para nuestro bien se dice utilidad, y cuando procede del trabajo se denomina valor.
El dominio que el hombre adquiere sobre las cosas por medio del trabajo se llama propiedad.
Los hombres reunidos en sociedad se comunican mutuamente sus bienes o su riqueza por un procedimiento llamado cambio.
Por consiguiente, la Economía puede también definirse:
Ciencia del trabajo.
Ciencia de la Industria.
Ciencia de la riqueza.
Ciencia de las relaciones del hombre con la Naturaleza para satisfacer las necesidades, humanas.
Ciencia de la utilidad o de lo útil.
Ciencia del valor.
Ciencia de la propiedad.
Ciencia del cambio.
Y en efecto, a una u otra de estas fórmulas se reducen en el fondo todas las definiciones que se han dado de la ciencia económica.
Se ha calificado a la Economía política de individualista, echando en rostro este epíteto a sus adeptos, como si fuese una marca de infamia.
Ahora bien: si individualista se llama a todo el que atiende ante todo al bien individual, prescindiendo de la sociedad o tomándola sólo como un medio, la Economía política, no tiene por qué negarlo, es una ciencia individualista. Para el individuo trabaja, al individuo se dirigen sus esfuerzos, el individuo es el único que considera en todas sus aspiraciones. La producción y el consumo, el principio y el fin, el alpha y la omega, de la Economía, son puramente individuales.
Pero si por individualista se entiende una doctrina que coloca al individuo en oposición con la sociedad, o encima de la sociedad misma, prefiriendo el bienestar de aquél a la prosperidad de ésta; en una palabra, una doctrina egoísta, anárquica, disolvente, antisocial, la Economía política debe protestar contra semejante acusación, que sobre ser absurda, es una injusticia y una calumnia.
No, la ciencia económica no es enemiga de la sociedad; lejos de eso, empieza por adoptar el principio de la sociabilidad que la moral le suministra, y le aplica después a las diversas esferas en que se agita la actividad humana. No otra cosa que aplicaciones de ese principio son la división del trabajo, la asociación industrial y el cambio, que constituyen otras tantas teorías de la Economía política. Más aún: si esta ciencia tiene alguna importancia, es precisamente porque toda ella conspira a demostrar la necesidad que tiene el individuo del auxilio de la sociedad, la íntima y estrecha relación que hay entre el uno y la otra, y que ha inspirado al eminente Bastiat su bellísimo libro de las Armonías económicas.
En suma: la Economía política puede considerarse como individualista en su fin, puesto que busca el bien del individuo, como social en sus medios, puesto que trata de realizarle en el seno de la sociedad, por la unión de todos los esfuerzos y la concordia de todas las voluntades. He aquí el primer carácter de la ciencia económica.
El segundo es el de su universalidad, es decir, que sus principios se extienden a todas las épocas y todos los países, no habiendo hombre alguno que no esté interesado en su propio bienestar o perfeccionamiento.
Varios economistas, sin embargo, han creído dar a sus estudios una dirección más acertada, concretándolos a un solo país, y de este número es el alemán Federico List, autor de un supuesto Sistema nacional de Economía política, en el cual pretende asignar a la ciencia por bases «no un cosmopolitismo vago, -son sus propias palabras,- sino la naturaleza de las cosas y las necesidades de los pueblos», como si los demás autores de la ciencia no hubieran tenido en cuenta estas condiciones. Pero él mismo confiesa que las naciones alcanzarían un grado mayor de prosperidad, si estuviesen unidas por el derecho12; luego para realizar el fin de la ciencia, el bien individual, lo mejor es extender sus investigaciones a todos los pueblos.
En efecto, entre los fenómenos económicos, no hay uno solo que se detenga en los límites de los Estados: todos ellos, por el contrario, afectan a la humanidad entera. El cambio, por ejemplo, la división del trabajo, el crédito, la moneda, ¿son patrimonio exclusivo de ningún pueblo? ¿Ni cómo habían de serlo, cuando las fronteras políticas cambian a cada paso por las guerras y los tratados diplomáticos?
Sin. duda que las nacionalidades y los gobiernos que las dirigen, merecen también bajo cierto punto de vista la atención del economista; sin duda que éste debe tener en cuenta la influencia que los poderes públicos y las leyes particulares de cada Estado ejercen en la dirección de la actividad humana, por el mero hecho de estar encargados de regular sus manifestaciones; pero no por eso es menos cierto que el fondo de los estudios económicos, gira sobre un conjunto de fenómenos que se extienden a todo el género humano, y de aquí la universalidad de la Economía política.
Otro de los caracteres de esta ciencia es el de ser eminentemente religiosa y moral. En vano se la acusa por ciertos declamadores, que no se han tomado el trabajo de estudiarla, de arrastrar a las almas hacia objetos indignos de su sublime esencia y turbar la sociedad, presentando a los hombres un ideal de felicidad que no puede alcanzarse en la tierra. Por poco que se profundicen las teorías económicas, se reconocerá cuán infundados son estos cargos.
En primer lugar, la Economía política nos da una idea sublime del ser Supremo, demostrando que al hacer a la Humanidad libre, no la ha abandonado, sin embargo, al acaso, sino que ha establecido leyes naturales que mantienen el orden en ella, como la ley de la gravedad en el mundo físico. Además, una de las más bellas teorías de esta ciencia, la que se refiere a la formación de los capitales, se funda precisamente en la intervención de las facultades morales del hombre, en la previsión, en el ahorro que supone la sobriedad, la continencia, la moderación de costumbres, la privación, la renuncia a los goces materiales. Y en fin, ¿no han demostrado los economistas que esas mismas facultades morales deben contarse en el número de los bienes económicos y que todo aumento de educación contribuye al desarrollo de la riqueza? No puedo, pues, dudarse de la moralidad y religiosidad de la Economía política, y aún cuando no fuese más que por estos caracteres sería digno de interés su estudio.
Desdéñanla muchos, sin embargo, suponiendo que los principios económicos, si verdaderos en la, esfera de la teoría, no se realizan, no están nunca conformes con los hechos, y por consiguiente no pasan de ser especulaciones más o menos bellas, sin aplicación alguna en la vida práctica de los pueblos.
Pero aún cuando esta suposición fuese cierta, no hay verdad científica, no hay teoría, por inaplicable que parezca que no conduzca directa o indirectamente a un fin real a un resultado más o menos útil. Nada más abstracto, nada al parecer menos susceptible de aplicación que los tenebrosos problemas de la Metafísica o los cálculos dificilísimos del Álgebra; y sin embargo, las soluciones de estas ciencias sirven de guía, ya al moralista y el jurisconsulto, ya al físico y el mecánico, en todas sus tareas.
Ademas, que la Economía política no se halla felizmente en el mismo caso, y aunque racional y filosófica, como el Álgebra y la Metafísica, es a la vez una ciencia trascendental, cuyas verdades pueden perfectamente aplicarse y se aplican, en efecto, todos los días. Cualquiera se convencerá de ello, estudiando la Historia y observando atentamente la división del trabajo, la asociación, el cambio el crédito, las mil y una combinaciones que ha creado la fecunda inventiva del interés personal para satisfacer las necesidades siempre crecientes del hombre.
Es, por ejemplo, un principio de la Economía política que la potencia del trabajo aumenta a medida que se distribuyen su funciones entre las personas más aptas para desempeñarlas, y efectivamente así lo estamos viendo a cada paso en el comercio, en las artes y los oficios.
Es otro principio de la ciencia que la unión de las fuerzas individuales acrece su virtud productiva en términos que cada una de ellas, asociada con sus afines, produce mucho más que produciría aisladamente, y también esto se verifica.
Es, en fin, otra verdad económica que el cambio constituye el régimen natural de la Industria, y ciertamente a nadie se le oculta que los individuos, como los pueblos, cambian entre sí sus productos y sus servicios.
Podríamos multiplicar los ejemplos, examinando uno por uno los hechos, los fenómenos, las instituciones, económicas, y nos convenceríamos de que todas las verdades, todas las teorías de la ciencia tienen en la práctica su confirmación más completa.
Conviene advertir, sin embargo, que la Economía política supone la existencia de un principio anterior y superior a ella, principio que viene a ser como la base, el fundamento en que se apoya el mundo económico, y sin el cual todos los demás caerían por tierra. Este principio es la libertad, en virtud de la cual, guiado por su razón y movido por su interés personal, dirige el hombre su actividad por el camino que más rápida y cómodamente le lleva a su perfeccionamiento, o sea a la posesión del bienestar, del bien individual a que aspira con todas sus fuerzas.
Recuérdese la definición que hemos dado de la ciencia económica, y se concebirá fácilmente lo que decimos. «Ciencia de las leyes naturales que rigen la actividad libre» son los términos con que la hemos definido y en ellos va ya envuelta la idea de libertad como la condición indispensable de la trascendencia de la Economía.
El fin económico no puede, en efecto, cumplirse sino, en tanto que el hombre sea libre, es decir, en tanto que pueda ejercitar amplia y desembarazadamente su actividad, sin que ni los hechos, ni las costumbres, ni las instituciones políticas se opongan a este ejercicio. Si un obstáculo cualquiera viene a dificultarle o impedirle, si una causa exterior le anula o le limita, no se extrañe después que la actividad humana deje de dar sus frutos, no se extrañe que las teorías de la ciencia no pasen a la esfera de la práctica y permanezcan siempre, exactas a la verdad, pero también estériles e infecundas, en las regiones especulativas.
Las leyes económicas no se realizan sino en medio de la libertad. La actividad libre es el único recurso con que el hombre cuenta, la única fuerza, que lleva en sí mismo para alcanzar su perfeccionamiento. Cuando a esta fuerza se la cohíbe, cuando se la obliga a obrar en una dirección opuesta o al menos distinta de la que el interés personal quiere darle, el perfeccionamiento se hace material y moralmente imposible. Así el trabajo, primero y principal elemento de la riqueza, es tan poco productivo bajo el régimen de la esclavitud; así el cambio, fuente de todo progreso, se estanca y se corrompe en el sistema de la protección; así, en fin, la asociación forzosa engendra necesariamente la inmovilidad y la inercia.
Por otra parte, no hay que olvidar que las leyes económicas, por lo mismo que pertenecen al mundo moral, son necesarias pero no fatales, no ineludibles para el hombre y superiores a su voluntad, de tal modo que hayan de realizarse a pesar suyo y sin que él pueda impedirlo, como sucede con las del mundo físico. Por el contrario, rigiendo como rigen una actividad libre, es claro que, aunque en definitiva se cumplan, porque de otro modo dejarían de ser leyes, este cumplimiento es voluntario en el hombre, el cual, así como puede observarlas, puede también momentáneamente infringirlas. El interés personal, único móvil que le decide a obrar, necesita consultar a la razón, y cuando no lo hace, o cuando la razón, como limitada que es y falible, le da una respuesta engañosa, se extravía fácilmente y equivoca muchas veces el camino. Verdad es que entonces el hombre incurre en la responsabilidad inherente a su libre albedrío y sufre las consecuencias de su error o su malicia, cayendo en la miseria, que es la sanción de la ley económica, la pena reservada naturalmente a los que la infringen. Verdad es también que esta pena, pesando sobre el hombre mientras no varía de conducta, le hace por fin abrir los ojos y conformarse con la ley misma, viniendo al fin a cumplirla voluntaria y necesariamente, como antes hemos dicho. Pero siempre resultará que, durante un período de tiempo más o menos largo, la ley ha dejado de cumplirse.
Este incumplimiento de las leyes económicas por un abuso de la libertad individual es por desgracia muy frecuente. ¿Se quiere de él un ejemplo? En toda producción libre, en toda industria libremente ejercida, han de cubrirse los gastos hechos para llevarla a cabo y obtenerse ademas un excedente, que llamaremos ganancia o beneficio. Y sin embargo, sucede algunas veces todo lo contrario; sucede que en muchas empresas no sólo no se gana nada, sino que se pierde el capital y el trabajo en ellas invertidos. ¿Por qué? ¿Prueba algo este hecho contra la verdad de la ley ya citada? De ningún modo. Lo que prueba es que no se han observado las demás leyes económicas, que no se han combinado en las debidas proporciones los elementos productivos, que no se ha distribuido convenientemente el trabajo o no se han consultado las necesidades del consumo. La ley es verdadera: si no se ha realizado, no se culpe por ello, a la ciencia; cúlpese sólo al hombre que no ha sabido o no ha querido aplicar, como debía, los principios científicos
En resumen: el fin económico, filosóficamente considerado, se nos presenta como un ideal a cuya realización tiende libremente la actividad humana, acercándose cada vez más a él sin que logre nunca alcanzarle. De esta manera es como se ha de concebir y juzgar la Economía política, cuyas leyes, si necesarias en su principio, no lo son en su ejecución, y aunque dejen de cumplirse en un momento dado de la vida, se realizan completamente en el tiempo y el espacio, recibiendo de la Historia el testimonio más irrecusable de su verdad y de su excelencia.
Hay en el sistema de los conocimientos humanos una ciencia que trata del bien en general, del bien realizable en la vida bajo todas sus formas: esta ciencia es la Ética, y de ella nacen, como ramas de un mismo tronco, la Moral, el Derecho y la Economía política.
La Moral es la ciencia de las leyes naturales que dirigen la actividad libre a la realización del bien uno y entero, de una manera pura o desinteresada.
El Derecho es la ciencia de las leyes naturales que dirigen la actividad libre a la realización del bien del hombre, en sus relaciones con sus semejantes.
La Economía política, ya lo hemos dicho, estudia las leyes naturales que, con el estímulo del interés personal, dirigen la actividad libre a la realización del bien del hombre, considerado individualmente.
Se ve, pues, que estas tres ciencias, aunque todas de un mismo origen, se diferencian entre sí tanto por su fin como por su objeto.
El objeto de la Moral, lo mismo que el de la Economía, es la actividad libre, la voluntad considerada como independiente o absoluta: el del Derecho es la misma voluntad ligada, en medio de su libertada, a condiciones exteriores, considerada como, dependiente, o relativa.
Así, es que el cumplimiento del bien moral y del bien económico es libre, mientras que el del bien jurídico ha de verificarse a la fuerza. La vida moral no depende más que de la conciencia, la vida económica de la sensibilidad combinada con la reflexión; ni una ni otra tienen en este mundo otra sanción que el remordimiento y la miseria respectivamente. La vida jurídica, por el contrario, depende de una autoridad pública y encuentra su sanción en la Justicia: el estado de derecho, como, necesario al bien, ha de ser mantenido en la sociedad contra toda pretensión opuesta. Las obligaciones jurídicas son coercibles, los actos injustos deben ser castigados por los tribunales: las acciones puramente inmorales o antieconómicas como no sean contrarias al derecho, no están sujetas a jurisdicción alguna.
Por otra parte, el fin de la Moral es el bien uno y entero, el desarrollo completo y armónico de la naturaleza humana, no solamente en sí misma, sino también en sus relaciones con Dios, con la Humanidad, y con el mundo físico. Ella es la que determina la situación natural del hombre respecto de las cosas; ella la que establece los deberes que tiene consigo mismo, con sus semejantes y con su Criador; ella, en fin, la que fija su destino, la misión que está llamado a desempeñar en el tiempo y en la vida. El Derecho y la Economía tienen un fin menos extenso: el primero trata de realizar el bien social, esto es, el desarrollo de la naturaleza humana en sus relaciones con nuestros semejantes; la segunda el bien individual, el desarrollo de la naturaleza humana en sí misma, prescindiendo de las relaciones sociales.
Por último, los motivos de la Moral son puros: según ella, debemos realizar el bien por deber, por obediencia a los preceptos de la ley divina. La Economía política se limita a recomendar al hombre que se perfeccione por su propio interés, porque así conviene a su sensibilidad, porque de este modo podrá proporcionarse placeres permanentes y duraderos. Y en cuanto al Derecho, no penetra en el terreno de las intenciones, no se cura de los móviles de la actividad, y sólo trata de regularla en sus manifestaciones exteriores.
Las diferencias «que acabamos de exponer no excluyen la unión interna de la Moral, el Derecho y la Economía política. Estas tres ciencias abrazan, si no todos los actos, al menos todas las esferas de la actividad humana.
El Derecho presta a la Moral y la Economía las condiciones necesarias para la realización del bien uno y entero, y por consiguiente del bien individual: la Moral prescribe el cumplimiento voluntario de las obligaciones jurídicas; la Economía, en fin, facilita la práctica de todos los deberes, o al menos impide que se falte a ellos; predica el trabajo, el ahorro, la fraternidad humana, en nombre del interés bien entendido y el bienestar que sus doctrinas contribuyen a difundir en todas las clases, dando al hombre más tiempo para cultivar su espíritu, le libra de las peligrosas tentaciones de la ignorancia y la miseria. Examínese el estado del Mundo, y se verá que los pueblos más adelantados económicamente, aquellos que gozan de mayor prosperidad, son también los que tienen mejores costumbres y saben respetar mejor el derecho.
La Moral y la Economía política se auxilian recíprocamente. El interés personal, que es el móvil económico, no basta para explicar todas nuestras acciones. El hombre no sigue sólo el impulso de la sensibilidad, sino también el del deber: busca el bien, no sólo porque le agrada o le conviene, sino por ser bien, y no se limita a servir por la paga, sino que presta no pocos servicios desinteresados y generosos. Todo aquello que ponga el fin económico en oposición, no sólo con la justicia, sino también con el bien general, debe considerarse desde luego como ilícito. No basta, como dice muy bien Minghetti13, que el interés privado se detenga ante el derecho de otro, ni que las relaciones de los ciudadanos estén definidas y sancionadas por lo autoridad: porque la prosperidad general encuentra su apoyo más eficaz en el buen sentido, en la prudencia, en la templanza, en el espíritu de caridad de los particulares, y sólo al influjo de estas virtudes es como la asociación da sus frutos, el crédito nace y se consolida; en suma, todas las aptitudes y facultades del hombre se desarrollan, recibiendo sus necesidades y deseos la satisfacción más conveniente.
El mismo derecho, añade. el autor ya citado14, debe subordinarse a la Moral, puesto que esta ciencia le da forma, le circunscribe y le completa. Le da forma en tanto que la ley, moral convierte en derecho la actividad humana; le circunscribe, porque no puede nunca admitirse como jurídico lo que es contrario a esa ley; le completa, porque va más allá de los actos exteriores, a los cuales alcanza sólo la justicia. Así es que el derecho estricto, desprovisto de equidad, sería en muchos casos demasiado duro e inhumano, y el que quisiera aplicarle constantemente y en todo su rigor a las materias económicas tropezaría con muchos obstáculos y dificultaría la solución de algunos problemas sociales, que suponen la intervención, no sólo de la justicia sino también de la equidad, y el desarrollo de ese sentimiento de benevolencia y de sociabilidad entre los hombres, a que los modernos han dado el nombre de solidaridad. En esto se funda el axioma jurídico: summum jus, summa injuria.
«La Economía política, observa también el Sr. Madrazo, siempre de acuerdo con la Moral, no puede estar en contradicción con el Derecho. El Derecho y la Moral tienen el mismo centro, pero no la misma circunferencia. En Derecho, como toda ley científica, no existe por la voluntad de los hombres; porque, como, dice Montesquieu, afirmar que nada hay justo ni injusto sino lo, que mandan o prohíben las leyes, es lo mismo que sostener, que antes de trazar un círculo no eran iguales todos sus radios. El Derecho, en su esencia, no varía nunca lo que cambia es sólo la forma que la humanidad le da, son las instituciones que edifica sobre su base inmutable. La ciencia económica, menos extensa que la Moral, tiene más extensión que el Derecho. No hace obligatorio éste todo lo que el economista aconseja a los Productores; pero no hay ninguna verdad jurídica con la que no estén en armonía las verdades económicas15.
En efecto, todo cuanto ordenan o prohíben el Derecho y la Economía, lo ordena y lo prohíbe también la Moral pero no todo lo que prohíbe u ordena esta ciencia es prohibido, y ordenado por las dos primeras. Así el Derecho y la Economía ordenan como la Moral, el respeto a la propiedad; pero permanecen extrañas a la caridad y el agradecimiento, que también la Moral prescribe. Esta ciencia ordena, en cambio, la abnegación, el sacrificio de los intereses personales al bien general, mientras que la Economía política no estudia mas que las acciones interesadas, y el Derecho descansa principalmente en la igualdad como condición indispensable de la existencia social.
En suma: la Moral, el Derecho: y la Economía política son tres ramas distintas de la sabiduría de ninguna manera opuestas; tres ciencias que se dan la mano y se completan cada una por las otras, conspirando entre todas a la realización del bien y al cumplimiento de los destinos humanos.
La Economía política, como conjunto ordenado y sistemático de doctrinas, es muy moderna: apenas cuenta cien años de existencia. Hasta el último tercio del siglo XVIII estuvo confundida con la Filosofía, la Política, el Derecho, la Moral y la Historia.
Las ideas admitidas en la Antigüedad y en la Edad Media eran poco favorables al nacimiento y desarrollo de aquella ciencia.
La India y el Egipto, sometidos al régimen de castas; Grecia y Roma, fundando toda su prosperidad en la guerra y el pillaje; las hordas del Norte, desconociendo toda virtud que no fuese la fuerza, mal podían observar las leyes naturales de la libre actividad, que estas naciones querían vincular en ciertas clases, negándosela a los demás hombres.
El pueblo hebreo fue quizá el único que, no desdeñando absolutamente el ejercicio pacífico de esa actividad, debió echar de ver los fenómenos sociales a que da lugar tan fecundo principio. Pero allí el ejercicio de la actividad, el trabajo, se consideraba como un deber religioso, más bien que como un derecho civil, y cuando había producido lo suficiente para costear el culto y mantener al trabajador por espacio de cuarenta años, se creía sin duda que no podía en conciencia dársele ni exigírsele otra cosa. El diezmo y el jubileo resumían todas las instituciones económicas de los Judíos. La gran propiedad, la propiedad de la tierra, no existía entre ellos. El crédito no era a sus ojos más que un medio de esquilmar a los extranjeros16. ¿Cómo habían de sospechar la existencia de las leyes económicas? Por otra parte, el pueblo escogido estaba llamado a más altos destinos: su misión era preparar la nueva era, la era de la redención del Mundo; servir de transición entre la sociedad antigua, sensual, idólatra. y egoísta, y la sociedad nueva, espiritual, monoteísta y humanitaria. Toda su ciencia debía, por lo tanto, concentrarse en la historia tradicional y simbólica: el misticismo. y la Teología. Sus sabios eran profetas, sus legisladores sacerdotes, sus reyes enviados del Altísimo.
No es esto decir que desde los tiempos más remotos no se haya conocido la importancia del fin económico. El bien, individual ha sido el blanco de las aspiraciones y los esfuerzos de todos los pueblos, sin que por eso hayan faltado en almas levantadas la abnegación y el desprendimiento de los intereses mundanos. Pero los medios, empleados para perfeccionarse eran empíricos, cuando no injustos y bárbaros. La expoliación, la esclavitud, la conquista, reemplazaban por todas partes al trabajo y a la propiedad, que es su única recompensa.
A semejantes prácticas no podían menos de corresponder teorías absurdas.
Platón sostiene que «la Naturaleza no ha hecho ni zapateros ni herreros, y que semejantes ocupaciones degradan a las personas que las ejercen, viles mercenarios, miserables sin nombre, excluidos por su misma condición de los derechos políticos17».
Xenofonte cree que «las artes manuales son infames o indignas de un ciudadano18».
Aristóteles concluye que «la Naturaleza ha creado unos hombres para la libertad y otros para la esclavitud, y que es útil y justo que el esclavo obedezca19».
Cicerón mismo, tan superior a las ideas de su tiempo, afirma que «el tener tienda abierta no es honorífico, que el comercio por menor es sórdido y despreciable, y que, aún siendo por mayor, apenas es compatible con las cualidades que deben adornar al hombre libre20».
En medio de tantos errores, no falta, sin embargo, en los libros de la Antigüedad tal. cual feliz atisbo de los principios económicos.
Así Platón21 ha enseñado con bastante lucidez las ventajas de la división del trabajo, de que tan bello análisis nos había de dar después A. Smith.
El mismo filósofo22 elevándose sobre las preocupaciones de su época, discurre acerca de la utilidad y aún necesidad del comercio, en los términos más elocuentes.
Xenofonte23 hace observaciones muy atinadas sobre lo que J. B. Say ha llamado después capitales productivos e improductivos.
Aristóteles24 ha consagrado algunas páginas a la teoría de la formación de las riquezas, que propone llamar Chrematística25, y en ellas se lee un pasaje que tiende a hacer la distinción, introducida después por la escuela inglesa, entre el valor en uso y el valor en cambio. En otra parte explica con bastante lucidez la invención y las propiedades de la moneda y rehabilita las profesiones liberales, que todavía se obstinan algunos economistas en considerar como improductivas.
He aquí, sin embargo, a lo que puede reducirse toda la ciencia económica de los antiguos. Se aspiraba, ciertamente, entre ellos al perfeccionamiento, al bien individual; pero se desconocía la igualdad humana y se consideraba la libre actividad como el patrimonio de unos cuantos privilegiados.
Estaba reservado a la religión cristiana rehabilitar estos dos grandes principios, y en efecto, con la predicación del Evangelio se introdujo un cambio profundo en los rangos y en las relaciones económicas; se consagró la previsión y el ahorro, sin los cuales no puede existir el capital ni crecer la riqueza, y empezó a mirarse el trabajo como la condición natural del hombre, como el único medio de mejorar su suerte sin envilecerle. Desgraciadamente, la decadencia del Imperio romano, y las devastaciones que sufrió la Europa con la invasión de los pueblos del Norte, suspendieron la acción benéfica de esta doctrina y sumergieron por el pronto el mundo civilizado en el caos más espantoso.
Surgió entonces la Edad Media, y opuso dos poderosos obstáculos al desarrollo de la ciencia económica: 1.º El feudalismo, que, anulando la autoridad, sembraba por todas partes la inseguridad y el desorden, mantenía la sociedad en un estado de guerra e impedía con la servidumbre, los monopolios y los privilegios señoriales, la constitución de la propiedad. 2.º La tendencia demasiado ascética que desplegó, el Cristianismo, y que trajo consigo el desprecio de los bienes terrenos, el predominio de la vida contemplativa, los abusos del monaquismo y la repugnancia a las ciencias trascendentales y las artes útiles.
La Restauración se señaló por el descubrimiento de la brújula, de la imprenta, de la pólvora, de la América y del paso a la India por el Cabo de Buena Esperanza, al mismo tiempo que se introducía en la filosofía el principio del libre examen. Todo esto no podía menos de dar, como en efecto dio, un gran impulso a la actividad libre, a la industria y al comercio; pero la monarquía absoluta, constituyéndose entonces sobre los restos del sistema feudal y ahogando los primeros gérmenes de la libertad con la destrucción de los fueros y privilegios de las villas, impidió que se obtuviesen los resultados de aquellos adelantos y retardó el nacimiento de la Economía política26.
Así esta ciencia no ha nacido verdaderamente hasta nuestros días, y aún no se crea que en su origen surgió de repente, perfecta y acabada, como Minerva de la cabeza de Júpiter, nada menos que eso: a su formación y desarrollo precedieron tres sistemas, que pueden considerarse como otros tantos ensayos, y que resumen, por decirlo así su historia. Estos tres sistemas se conocen con los nombres de sistema mercantil, sistema fisiocrático o agrícola y sistema industrial.
Hacía el primero consistir todos los bienes económicos en la abundancia de dinero, y como no hay mas que dos medios de proporcionarse este instrumento de la circulación, extraer del seno de la tierra los metales preciosos, de que se hace la moneda, o vender mercancías a los países que la posean, impulsaba con todas sus fuerzas la explotación de las minas y se empeñaba en activar el comercio de exportación, disminuyendo al mismo tiempo el de importación, a fin de que la diferencia entre uno y otro, saldándose en metálico, hiciese afluir el numerario al seno de cada país. De aquí las grandes emigraciones europeas en busca del oro y la plata de las Américas, las guerras para imponer a los extranjeros tratados de comercio en que se obligasen a no surtirse mas que de los mercados del vencedor, el sistema colonial que daba a la metrópoli el monopolio del comercio de las colonias, la prohibición de exportar el dinero y de importar mercancías extranjeras, etc., etc.
Tales fueron los efectos del sistema mercantil, del que apenas queda otro cuerpo de doctrina que la obra del escritor italiano Antonio Serra, titulada: Breve tratado de las causas que pueden hacer abundar el oro y la plata en los Estados, impresa en 16.13.
A combatirle y demostrar la falsedad de sus principios se levantaron numerosos escritores, entre los cuales son dignos de mencionarse por su celebridad Locke, el filósofo, Hume el historiador, Beccaria el jurisconsulto; pero la gloria de destruir el sistema mercantil y fundar sobre sus ruinas otro más filosófico, aunque no del todo exacto, pertenece principalmente al doctor Francisco QUESNAY, fundador de la escuela agrícola o fisiocrática27. Este distinguido pensador publicó en 1758 su obra titulada Cuadro económico, y después de hacer ver que el oro y la plata, a pesar de ser medios de circulación y equivalentes de los demás productos, no por eso constituyen la riqueza de las naciones, dedujo que la prosperidad de éstas no debe medirse por la abundancia de los metales preciosos, proclamó la libertad de los cambios, y demostró que todo obstáculo a esta libertad es una violación de los derechos fundamental es del hombre, que toda traba a la importación y la exportación hace variar artificialmente el precio de los productos y disminuye en último resultado la riqueza pública. Por entonces profesaba también el negociante GOURNAY doctrinas análogas y proclamaba el célebre axioma laissez faire, laissez passer (dejad hacer, dejad pasar), es decir, no pongáis obstáculos a la libertad individual, que después ha servido de lema a los economistas. Verdades todas que la ciencia agradecerá siempre a la escuela fisiocrática y que no lograrán oscurecer ni el tiempo ni las vicisitudes humanas. Desgraciadamente, el resto del sistema de Quesnay no puede admitirse de la misma manera; pues, partiendo del principio de que la materialidad es el carácter fundamental de la riqueza, quiso medir el valor y la utilidad del trabajo por la cantidad de materia que consigue apropiarse, y esta manera de ver le condujo a excluir del dominio de la ciencia un sinnúmero de servicios que mutuamente se prestan los hombres, no concediendo el carácter de productividad más que a la industria agrícola, porque según él es la única que aumenta la cantidad de materia existente, y calificando de estériles a las demás, aunque declarando al mismo tiempo, por una inconsecuencia de su doctrina y para no desconocer completamente la verdad, que las manufacturas, el comercio y las profesiones liberales son esencialmente útiles.
Sostuvieron las ideas de Quesnay y contribuyeron a propagarlas Mirabeau, el padre del eminente orador, Mercier-Lariviere, Dupont de Nemours, Baudeau, y sobre todo Turgot, el más célebre de todos los fisiócratas; pero ya en esta época el jefe de la escuela había muerto; y empezaba a despuntar en el horizonte del saber humano la aurora de una nueva era para la ciencia.
Un filósofo escocés enseñaba en Glasgow, al mismo tiempo que los fisiócratas en París, los principios de la Economía política. Quesnay y sus discípulos atribuían toda virtud productiva a la tierra; ADAM SMITH, que es el filósofo a que nos referimos, la encontró en el trabajo, y esta idea luminosa le sirvió de fundamento para un nuevo sistema, apellidado industrial, que expuso en sus Investigaciones sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, y que es el adoptado universalmente en nuestros días con leves modificaciones.
Desarrollado después y llevado a sus últimos desenvolvimientos por los trabajos de Sismondi, Malthus, Say, Ricardo, Storch, Mac-Culloch, Flórez Estrada, Rossi, Carey, Dunoyer, Bastiat, Stuart Mill y otros economistas distinguidos, puede decirse que la nueva doctrina ha llegado a su apogeo y que ocupa un puesto de honor entro las demás ciencias.
A esta altura vamos a procurar sorprenderla, y felices de nosotros si logramos seguir su vuelo y dirigirle, un breve espacio siquiera, hacia el límite desconocido del progreso.